La Noria y no El Recodo, la cuna de la “tambora”, considera Miguel Valadés

Es La Noria uno de los pueblos más pintorescos de Sinaloa: mujeres hermosas, hombres que hicieron famosa la talabartería, la alfarería; alegría y progreso sencillo, necesidad satisfecha en su oportunidad, son características de este pueblo fundado por los españoles en la época de la colonia.

Miguel Valadés Lejarza, cronista de la ciudad, quien vivió su infancia en La Noria, quiso recordar a este Rincón de Sinaloa y retomó su historia al visitarlo en su domicilio de Mazatlán el pasado fin de semana.

Ese nombre se le puso en honor al significado de noria, es decir, una fosa profunda de donde se obtiene agua, porque el poblado se fundó y se encuentra localizado en un pozo, rodeado de cerros.

Era La Noria en sus orígenes el centro proveedor de Mazatlán. Durante la colonia arribaban a ella las conductas (recuas de mulas) cargadas con mercancía diversa (piloncillo, limas, naranjas, telas, etcétera) procedentes de Durango. Los arrieros, hombres flacos, enjutos por la agresividad de la sierra, vestidos de gamuza, eran llamados “nangueños”.

En la misma se hacía el transbordo de las mercancías, en una diligencia que llamaban “Guayín”, hacia Mazatlán. Era la carreta de la vida con su cargamento traído del vecino estado de Durango, cargamento surtido y vigoroso. Hasta 1928, corría esta diligencia el tramo La Noria-Mazatlán, más hubo de ser sustituida por el automóvil, al cual los pobladores bautizaron como “El Guayín sin mulas”.

El trayecto es corto, pero se alargaba con el camino de terracería. Los caminos se pavimentaron y ahora de Mazatlán a La Noria (situada esta última a 35 kilómetros hacia el oriente de la carretera Internacional norte) se hacen como 45 minutos a una velocidad moderada.

El sólo viaje es agradable. El camino es corto y suave y al llegar se alegra la vista con sus mujeres, por lo regular blancas, tipo afrancesadas y se ven las obras de sus hombres, apellidados en su mayoría Osuna, Lizárraga o Ibarra.

CUNA DE LA TAMBORA

Para Valadez, La Noria es la cuna de la música regional, de la banda llamada “tambora”, pero explica que las palmas se las ha llevado la El Recodo porque ha sido uno de sus hijos, Cruz Lizárraga, quien la ha hecho famosa en el mundo.

Gabriel Osuna, quien también fuera presidente municipal interino de Mazatlán (1959), entre 1925-1928 perteneció a la banda de La Noria y en ese tiempo no había ni señas de la banda de Cruz Lizárraga.

Se nota en este pueblo, a primeras vistas, la influencia española, porque ahí se ven los alambiques, y las barricas que fabricaban para guardar el mezcal, industria que ahora está en decadencia, las mezcalerías están en el abandono.

Pero más se nota la influencia de España durante las fiestas, particularmente la de Semana Santa, porque hacen las corridas de toro como en aquel país, al estilo Pamplona: sueltan a los toros en las calles y en la plaza sale un burel para la plebe que da sus buenas sacudidas a los borrachitos y a los descuidados. Sólo sacudidas. El calcetín acojinado que se le pone en los cuernos al toro no le permita causar daños mayores y sí una gran alegría a los pueblerinos.

Son los vecinos de La Noria muy religiosos y dan rienda a su fe en la iglesia, dedicada a Santo Antonio.

Ahí se dedican a trabajar en la alfarería (hermosísimas son las sillas de montar y los adornos que hacen con las pieles y maderas), a cuidar las granjas de pollo, a hacer un sabrosísimo pan y no menos deliciosos dulces regionales, a la herrería y a ocupar bien el ocio.

La cárcel está desocupada. El policía del poblado casi nunca tiene trabajo.

Se tiene luz, agua, teléfono, buenos caminos, centros de trabajo, ¿qué más le pueden pedir a la vida y al gobierno los habitantes de La Noria? Que los dejen trabajar tranquilos. Es un pueblo progresista, pues, como dice Valadés.

Escrito por Juan Lizárraga Tisnado y publicado en NOROESTE-Mazatlán, 29 de abril de 1981.