Juan Carrasco era pura valentía y bien “entrón”, recordaba en 1981 Víctor Zúñiga, líder de la colonia Estero, a quien la revolución no le hizo justicia

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Por Juan Lizárraga Tisnado. NOROESTE-Mazatlán, 20 de noviembre de 1981.

Entre 1909 y 1910, antes de que empezara la “buena revolución”, los militares irrumpían violentamente en las rancherías y se llevaban a todos los hombres para después de pelarlos, acuartelarlos y luego hacer frente a los brotes de violencia que se generalizaban y organizadamente se expandían por todo el país.

Aquí en Sinaloa, los militares llevaban a los futuros soldados a fuerzas a un cuartel en lo que ahora es la Escuela General Antonio Rosales, en Mazatlán.

Aunque era un niño, Marcos Víctor Zúñiga Hernández recuerda perfectamente bien lo anterior. Aunque era un niño, él como mucha gente de Puerta de Canoas no querían ser rapados ni portar el casco militar y se fue a El Potrero, para unirse a Juan Carrasco.

“Toda la gente se iba a la bola”, explica admirado, pues no había qué comer y el único quehacer era pelear, y se unieron a Juan Carrasco, un revolucionario que no les pagaba, pero que sí les daba de comer de las vacas que robaban a los ricos. La fama y valentía de Carrasco habían trascendido y desde Las Iguanas llegaban hombres a unírsele.

Según como los miraba, Carrasco les daba cargos y grados a los hombres.

Hasta ahí llegó Ángel Flores. Desde los muelles de Mazatlán se fue con un grupo de rebeldes, por el Camarón, El Habal, hasta El Potrero. Quién imaginaría que este estibador, cuando general, lucharía y sus hombres darían muerte al mismo Juan Carrasco.

“La cosa se hizo grande”, explica Zúñiga, más cuando llegaron los Pazuengo (Matías y Sergio), dos hermanos de Durango, que comandaban a varios hombres, para unirse al general de los hombres pobres.

¿Qué tenía Juan Carrasco para que se le uniera así la gente? “Pura valentía y era muy entrón y bueno para animar a la gente, porque no sabía ni firmar”, dice el veterano de la revolución.

Los combates ya estaban en Mazatlán, donde había una línea de fuego antes de llegar, justo adonde hoy se encuentra la unidad universitaria y desde El Venadillo ellos atacaban a los militares y lo hacían casi frente a frente en la línea de fuego, con sus 30-30 y sus pistolas viejas.

De El Venadillo, comandados por Ángel Flores, se trasladaron a El Castillo y de ahí en lanchas a Isla de la Piedra.

Ya los sinaloenses estaban acostumbrados a los balazos. Una hermana suya recibió un balazo que la hirió gravemente, pero sobrevivió gracias a las atenciones del médico practicante Pablo Morales.

De aquí se fueron hasta El Fuerte y de Topolobampo tomaron un barco a Santa Rosalía, B.C.S., al mando de Ángel Flores, para pelear contra un general que se negaba a reconocer al nuevo gobierno. Después se trasladaron a Navojoa, donde tuvieron duros combates. Don Víctor admiró aquí la valentía de Ángel Flores.

Arriba, los caudillos estaban totalmente divididos, al grado de que ellos pelearon contra los villistas, cuando éste desconoció el gobierno de Carranza, pero después, don Víctor estaría haciendo guardia en la hacienda de Doroteo Arango, Pancho Villa.

Por estas divisiones en los altos mandos, Ángel Flores y Juan Carrasco se convirtieron en enemigos de muerte. Los revolucionarios viejos, así se consideraba Zúñiga, Chano Aguirre, Manuel Sarabia, Ramón Lizárraga y otros, siguieron fieles a Juan Carrasco, pero fueron derrotados y muerto el general.

Anduvieron a salto de mata, asaltando trenes, por Escuinapa, por Nayarit, hasta que ingresó al IV Batallón de Infantería… A Guaymas.

Recuerda cuando, siendo presidente de la República Álvaro Obregón, fue sitiado en Cajeme (ciudad que hoy lleva su apellido) por los yaquis rebeldes y participaron en su liberación y recuerda la emboscada que les pusieron a ellos los indios sonorenses. Era el año de 1923.

En 1927 le dieron la baja dentro del ejército y a pesar de su vida revolucionaria, hoy vive en Mazatlán y no es dueño ni del terreno donde tiene su casa en la colonia Estero, creada mediante invasión de lotes, aunque ha ido a la presidencia y a la Defensa Nacional a gestionar.

Durante la revolución perdió a su familia, a sus padres y a casi todos sus ocho hermanos.

Retirado de la lucha armada, reumático por las larguísimas caminatas que dio, fue un tiempo policía municipal, luego trabajador del campo, jefe de personal de una gasolinera y es pensionado del Seguro Social.

Hoy, a la edad de 78 años, Marcos Víctor Zúñiga Fernández es el presidente de la directiva de la colonia Estero y una de sus tareas principales es conseguir el reconocimiento legítimo, gestionar, vaya, el que se les vendan los terrenos sobre los cuales tienen sus viviendas.

La revolución no le dejó más que recuerdos.

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