La sana aventura de la pesca deportiva | Mazatlán hace 40 años

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Los "pescadores" paseantes: César Medrano, Octavio Yáñez y Juan Lizárraga

Juan Lizárraga Tisnado. NOROESTE-Mazatlán, 19 de septiembre de 1982.

Son pasadas las seis de la mañana. La ciudad es de los lecheros, la vida late en el mercado y en los muelles de las flotas deportivas, las lanchas con sus chapoteos y el motor encendido, invitan a sus tripulantes y a sus huéspedes a abordarlas.

La carnada, los alimentos y las bebidas ya están preparados. A las siete de la mañana, el motor de nuestra lancha ya abría un surco sobre el agua de la boca del puerto. Otras embarcaciones hacían lo propio. Cada una iba hacia esa parte del océano donde esperaban encontrar peces que no hubieran caído en las redes y en las cimbras de los barcos atuneros y de los coreanos.

Atrás quedó el olor a tierra para entrar en el limpio olor matinal del mar. Se sentía sabrosa la mañana. Las finas y delicadas golondrinas volaban a nuestro alrededor. Anima el arrojo de estos pajarillos animalillos al tenerl el coraje de cruzar el cruel mar, porque podrá ser dulce y hermoso, pero cuando se encoleriza súbitamente se vuelve terriblemente cruel.

Y nosotros presenciamos el final de una súbita cólera marina. Días antes había llovido con viento fuerte y el mar estaba encrespado. Con todo, fuera del mareo inevitable, no hubo mayor susto.

Los tripulantes empezaron a arrojar las carnadas al mar. La costa era sólo una larga línea verde con sus lomas de un color azulgris, sobre las cuales alcanzaba siempre a sobresalir el Cerro del Crestón, del faro. El agua era de un azul profundo.

La lancha troleaba, buscaba con sus anzuelos la boca del pez marlin, del dorado, del pez vela. Nada.

Un fuerte chirrido al doblarse por el jalón de una de las cañas, nos emocionó a todos.

“¡Un pescado grande mordió el curricán!”, dijo uno de los tripulantes y empezamos a dar vueltas en busca de esa pieza. Perdimos la orientación. A excepción de los tripulantes, dos, ninguno sabíamos dónde quedaba el norte o el sur.

“¡Allá está!”, gritó alguien y alcanzamos a ver esplendoroso, como retándonos, a un enorme pez vela que saltaba rompiendo el espejo azul del mar. Se hundió de nuevo y nunca lo volvimos a ver. Ahí terminaron nuestras emociones de pescador.

Si alguna vez se volvieron a mover los anzuelos, fue porque uno de los tripulantes lo sacó del agua para cambiarles la carnada. Nunca tocarron de nuevo la boca de otro pez.

No importaba. El paseo, por sí solo, valía la pena. Luego, nos dimos cuenta de pronto de que éramos escoltados por delfines. Tres, cuatro, muchos, iban a los lados de la lancha. Aceleraban su marcha y justo en frente hacían acrobáticas piruetas para delicia de los niños que nos acompañaban y de nosotros también. Casi una hora nos acompañaron.

El sol caluroso y el mareo por las altas olas, hizo que varios se durmieran en las camillas del yate deportivo.

La mañana había transcurrido rápidamente. Iba a ser las tres de la tarde y estábamos en la entrada al muelle de las flotas deportivas. Unas lanchas empezaban a atracar y otras venían atrás de nosotros.

Llegamos y unos pocos peces colgaban exponiéndose. Nosotros no obtuvimos trofeo.

“Así es la pesca deportiva —comentó alguien— Los tripulantes hacen todo y al llegar, el visitante se toma una fotografía con el pescado. La habilidad y la destreza en el manejo del anzuelo, el dominio sobre el pescado, lo pone uno con su mente novelesca. Claro, hablamos del paseo. Otra cosa son los torneos.

Sin embargo, la pesca deportiva, como dicen los propietarios de las flotas, es un atractivo turístico sensacional del que se benefician todos los prestadores de servicios turísticos.

Si nosotros, como muchos de los “pescadores” que se embarcaron ese día, no obtuvimos ninguna pieza, se debió al saqueo de que han sido víctimas las especies deportivas por los barcos coreanos y atuneros, además de que había mal tiempo.

Los periodistas Octavio Yáñez, César Medrano, Juan Lizárraga y Sergio Ceballos.

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