El retorno del pintor Antonio López Sáenz a Mazatlán, hace 40 años

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  • LÓPEZ SÁENZ, PINTOR MAZATLECO QUE SALDRÁ DEL ANONIMATO

Por Juan Lizárraga T. NOROSTE-Mazatlán, 7 de mayo de 1982.

Nada le dio Sinaloa pero ahora vuelve a él, vuelve a Mazatlán que lo vio nacer y sufrir de insuficiencia en la cristalización de su vocación artística que desde niño la alimentó con el mar, con los trabajadores de los muelles.

Vuelve y con 30 años de preparación, quiere realizar una exposición de sus pinturas y sus esculturas en la Universidad Autónoma de Sinaloa, institución donde expuso por primera vez en su vida, y la única en el Estado, pues en ese lapso se dio a conocer y alcanzó prestigio en el Distrito Federal, en Jalisco y en Estados Unidos, con 11 exposiciones individuales y 7 colectivas.

Estamos hablando de Antonio López Sáenz, un perfecto desconocido en Sinaloa y en Mazatlán, lugar que lo vio nacer, donde terminará su anonimato, no por este artículo, sino cuando funcione su taller de artes libres en forma gratuita. Para eso vino a quedarse a Mazatlán.

Era Antonio una rareza en su niñez, pues rompiendo con la formalidad, gustaba de la escultura y de la pintura. Aquí, en este lugar donde hasta el momento son pocos o ninguno los interesados en el arte. El primer enemigo de su vocación fue su padre, velador aduanal a quien Antonio le llevaba de comer en viandas. Las escenas que miraba en los muelles, donde muy joven habría de trabajar, nunca se le olvidaron y están presentes en cada una de sus obras.

¿A quién acudir, siquiera para pedirle información?

Una familiar de Culiacán le habló un día de la existencia de una Academia San Carlos, donde estaría “en lo suyo”, y se fue a la ciudad de México, empujado por el apoyo y la educación artística que en Mazatlán le dio Margarita Ramírez González.

A los 15 años de edad se encuentra en México e ingresó a la Escuela Nacional de Artes Plásticas para estudiar pintura, escultura y grabado. Estaba en lo suyo, sí. Conoció el ambiente artístico, pero se convenció de que la escuela ayuda poco en la vocación creativa.

Conoció después a Alfonso Michel, un pintor de Colima, quien fue su gran maestro. De su partida mazatleca a la gran ciudad transcurrieron treinta años de lucha. Entre otras cosas, trabajó en el Instituto de Antropología e Historia, donde tuvo como maestro a don Francisco de la Maza, de quien guarda gratos recuerdos.

CERÁMICA MARINA

Atraen en el pintor las desproporciones de los cuerpos con las cabezas. Invariablemente son marinos sus personajes; la figura de sus familiares están también presentes y el mar, un mar de mosaicos. La desproporción física se explica porque antes que pintor es escultor.

Vea una olla o un jarrón o cualquier vasija, cualquier cerámica y vea al hombre de un cuadro y comprenderá la similitud.

Algunas personas dicen que sus cuadros reflejan a un Mazatlán o a un puerto de allá por los años cuarentas y tienen razón, porque refleja esos recuerdos infantiles que se le grabaron en el subconsciente cuando llevó de comer a su padre y durante su trabajo en los muelles.

Su arte, puede decirse, ha alcanzado reconocimiento internacional y está hoy ante la paradoja, nada rara, de ser un extraño en su tierra a donde llega ahora con deseos de hacer una exposición en la Universidad, donde hizo la primera, y de poner un taller de pintura y de cerámica para beneficio de este Sinaloa que aunque se lo pidió, como pueblo o como gobierno, nunca le dio nada.

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