La albañilería o el reto al vértigo de la altura… Divagación por el Día de la Santa Cruz

0
172

Por Juan Lizárraga, NOROESTE-Mazatlán, 16 de mayo de 1981

La altura arrebatadora ha sido vencida y el sordo golpe de la mezcla desprendida de la cuchara cae en la pared, cubre el muro de ladrillos construidos con el sudor laborioso de muchos hombres. Empieza una jornada, una de las últimas para dar el toque final a la obra, su cara lisa, sus ángulos perfectamente delimitados, y sólo faltará el acabado: es el embarre, parte esencial de la albañilería.

Fidel Lizárraga iniciaba, un día de estos, la dura pero más peligrosa tarea de uncir de mezcla las paredes de lo que será el moderno edificio de una institución bancaria que otorgará créditos al campesino.

Sólo los albañiles pueden hacer esta labor y la hacen sin ningún temor. Fidel platica que, por sentimiento solidario, se angustian ante las muertes de sus compañeros al caer de las altas obras, sin embargo, no se amedrentan en su trabajo: “es que la constructora no ofrece seguridad y muchas veces el mismo albañil no es precavido”.

Y mano a la obra (la frase debe ir sin comillas porque lo que refleja es auténtico). Después de medir con los ojos la altura, se limpia la pared de todos los obstáculos. Luego se asegura la tarima en el suelo; las gruesas sogas deben estar bien acomodadas en las poleas y los nudos firmes en las asas de la tarima.

En el techo, fuertes maderas soportan el peso; la seguridad debe ser absoluta. Hay que checar todo para empezar a trabajar.

Fidel Lizárraga empezó. Quién sabe cuántas cucharadas lanzará con brioso empuje pero a cada una de ellas deberá agacharse para recoger la mezcla, que a jalones, le suben sus compañeros en un bote. Cuidado con bañarse recién concluida la jornada. El lumbago, el dolor reumático de la columna, es despiadado, dolorosamente despiadado.

Él, el joven albañil de la fotografía, “se enfría” lentamente. Al terminar su trabajo, siempre a destajo, juega una “veintiuna” de básquetbol.

Algo singular tiene este joven: su manera de vestir lo diferencia a los de su clase, su manera de conversar, pero al verlo trabajar se descubre como uno de su raza, como el obrero de este tiempo, de esta edad de noches sin sueños, de secos labios, del estrujamiento de la vida, diría Martí, y es el albañil el obrero de nuestros tiempos.

El edificio donde trabaja Fidel se ha construido de manera indetenible; raudo ha ido de la pequeñez a la altura; no se dio oportunidad a que las aves gorjeadoras frente a las playas construyeran sus nidos en los rincones del edificio: la ciudad llena de copas vacías y por vaciar —cómo la describe el citado Martí en su poema “Amor de Ciudad Grande”— así lo exige para llevar el dinero al campo y a la vez alimentarse ella con los productos extraídos de la tierra, de los cuales, en cierta manera, se priva a los campesinos.

¡Cuántas contradicciones! Con voz de justicia habría de hablárseles a los albañiles y no con los de la lisonja, para que en sus corazones generosos se edifiquen las ideas redentoras que los liberen de sus infortunios y de la infamia que pesa sobre ellos al no gozar el producto de su trabajo.

José Martí (1853-1895), el apóstol de la independencia cubana, cuando hablaba del obrero, naciente apenas como clase en América a fines del siglo anterior, lo hacía con el corazón desbordante de alegría esperanzador y muchas preguntas en el pensamiento cuando afirmaba:

“No se viene a la vida para disfrutar de los productos ajenos: se trae la obligación de crear productos propios”.

¿Y quién disfruta los productos de los obreros, de los albañiles?

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí