Mazatlán desde el cerro del Faro. Acuarela, tinta y lápiz sobre papel bond cuadriculado, de J. J. Tablada, orgulloso de sus raíces mazatlecas

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  • José Juan Tablada Acuña nació en Coyoacán, México, el 3 de abril de 1871; murió en Nueva York, Estados Unidos, el 2 de agosto de 1945.
Foto de internet.

Mazatlán, Sinaloa, ocupa un lugar sobresaliente en la geografía personal de José Juan Tablada. Allá se casaron sus padres, José de Aguilar Tablada y Mariana Acuña Osuna, el 12 de septiembre de 1850. Existen versiones no confirmadas documentalmente sobre el posible nacimiento de José Juan en aquel puerto del Pacífico mexicano. Lo cierto es que el autor de La feria de la vida (1937) abre sus memorias con la evocación de su primera estancia porteña: “Tengo tres años. La diligencia donde con mi madre y un tío voy hacia Mazatlán hace un alto en medio del camino de Acapulco, el viejo camino real para los mercaderes de las naos de China…” (p. 20). Auténtico viaje a la semilla, el capítulo inicial de La feria de la vida sienta las bases de dos pasiones tabladianas permanentes: México y Oriente. Más que referencias geográficas, el autor fija coordenadas culturales a partir de su orgulloso origen mazatleco. Algunas de aquéllas exploran el “feraz árbol genealógico” de la sangre india materna procedente de La Noria, pueblo vecino a Mazatlán, otras confirman los vínculos porteños con el arte oriental. Con frecuencia las evocaciones confluyen en la poesía de Tablada: “La casa donde habitábamos caía a las Olas Altas, bellísima playa llena de rompientes cuyo lejano estruendo me parece oír a través del tiempo y la distancia, como el recóndito eco que guardan los caracoles marinos… […] De esos caracoles y conchas mi madre guardaba una gran caja chinesca de las que la nao de China llevaba antaño a su puerto natal […] Ya en mi edad madura escribí un poema: ‘El viejo vestido de azul’, el viejo marinero, donde hay una reminiscencia de esas impresiones de infancia” (pp. 25-26).

    Veinte años después Tablada volvió a Mazatlán. Llegó a mediados de octubre de 1894, hastiado de iniciaciones decadentes y polémicas capitalinas, como la que generó un año antes en El País su escandalosa “Misa negra”. A los veintitrés años, era aún la joven promesa de la poesía mexicana que, alentada por Manuel Gutiérrez Nájera, había hecho sus pinitos periodísticos en El Universal (1891-1892), El Siglo XIX (1892-1893) y El País (1893). El escritor sonorense José Ferrel (1865-1954) recomendó a Tablada con Miguel Retes, propietario de El Correo de la Tarde, el vespertino porteño que saludó al poeta con esta generosa gacetilla del 17 de octubre de 1894: “Desde mañana empezará El Correo… a publicar algunos artículos de este conocido escritor, estamos seguros que nuestros lectores nos agradecerán esta novedad, y encontrarán en los escritos del señor Tablada algo de lo que la fama pregona respecto a los talentos literarios que le adornan”.

En las cuatro páginas de aquel diario fundado en 1885, Ferrel y Amado Nervo velaron sus armas periodísticas antes de lanzarse a la conquista de la metrópoli porfirista. Tal vez el camino inverso de Tablada explique su desencanto inmediato “en cuanto le hablé [a Retes] de servicios telegráficos y colaboraciones retribuidas, su gesto plácido se tornó avinagrado y noté que veía con insistencia las enormes tijeras, sobre la mesa, sin atreverse a decírmelo, pero insinuándome con la tenaz y ansiosa mirada que allí estaba la salvación […] Le sometí proyectos en que unía a los ejemplos del periodismo francés y americano, lo que en México había yo aprendido al lado de Reyes Spíndola, pero comprendí que tenía el señor Retes tanto apego a la rutina como temor a las innovaciones” (La feria de la vida, p. 394).

Por lo menos la última acusación de Tablada en contra de Retes resulta poco fundada. Desde su origen El Correo de la Tarde mantuvo un impulso periodístico y empresarial constante. De acuerdo con la notable investigación de Jorge Briones Franco, La prensa en Sinaloa durante el cañedismo (1877-1911), el diario de Retes acabó por desplazar a los competidores más cercanos. Al comentar el noveno aniversario del vespertino el 5 de junio de 1894, Amado Nervo destacó la perseverancia de El Correo de la Tarde en un medio ciertamente adverso del cual Tablada no supo o no quiso sacar provecho alguno: “Quedé pues en un puesto semejante al del city editor con obligación de hacer una crónica semanaria en un lugar donde jamás pasaba nada y cuando algo sucedía, llegaba por los comentarios verbales a conocimiento de todos y cada quien, en sus menores detalles ¡y mucho antes que el diario apareciera! (La feria de la vida, p. 394).

Las escasas crónicas de Tablada en El Correo de la Tarde, publicadas entre el 18 de octubre de 1894 y enero del año siguiente, no se distinguen por el colorido local. Acostumbrado al registro anecdótico de los cuadros y escenas de costumbres, el público del vespertino tuvo que echar de menos a Nervo y Ferrel, quienes supieron bordar con oficio y registros populares el “vacío porteño”. De hecho, un año antes del arribo de Tablada al puerto, Nervo incorporaba a sus crónicas todas las voces que podían agilizar su columna semanal: “Un viejecito que nació casi con el siglo, decía la tarde del día dos de noviembre, viendo pasar un carricoche que materialmente iba desbaratándose: ‘en ese carruaje fui yo a casarme, allá por el año de cuarenta y dos…’ […] Otro sujeto, no menos viejo, recordaba haberse encaramado de niño, por travesura, a la parrilla de un guayín, que iba por esas calles de Dios, rumbo al panteón, la misma tarde de que hablo, atestado de gente que, ¡pásmense ustedes!, no había hecho testamento… Y ya no digo más, porque no me agrada meterme en estas cuestiones prehistóricas”. El 4 de noviembre de 1894 Tablada publicó un texto que apela a las convenciones del género desde el título, “Crónica”, pero que suplanta las fruiciones anecdóticas de sus lectores por los intereses más personales del autor: “Schopenhauer sonríe. En la máscara sombría del pesimista filósofo se dilata el rictus amargo de un placer hondo y frío con el nirvana oriental”.

La arrogancia y el desdén juveniles de Tablada por la vida cotidiana, económica  y social de Mazatlán no le impidieron rendir tributo plástico a la magnífica bahía desde el cerro del Faro ni mucho menos propagar los refinamientos de su aprendizaje decadente en la capital del país: “a la jeunesse dorée del puerto, le revelé el secreto de las fresas al éter y del coctel suave, mefistofélico bebistrajo que entra de frac a nuestro organismo y, una vez en casa, rompe el piano y dispara sobre los espejos, como cualquier diputado…” (La feria de la vida, p. 396).

Tablada debió consignar un registro detallado de aquella divertida y escandalosa estancia porteña en su Diario, pero por desgracia sus páginas conservadas inician en 1900. Sólo a partir de aquellas notas, destruidas por el propio autor, se explica el recuento minucioso de sus días mazatlecos en La feria de la vida. Aquel viaje que el memorialista evoca alegóricamente a bordo de “el más impetuoso de los unicornios, la más pintarrajeada y encabritada de las cebras que osara jinetear un ser humano” terminó, como otra más de sus quimeras juveniles, de manera abrupta y desencantada. El tiempo y las sucesivas dimensiones espirituales del bonzo mexicano le permitieron consignar en sus memorias un balance honesto y culpígeno de aquellos días “prefuturistas”: “por todo eso, ¡oh cordiales familiares, oh buenos burgueses de Mazatlán, el poeta hoy enclaustrado en celdas de trabajo y de meditación, hace acto de contrición por haber turbado con las músicas de una juventud que presentía el jazz, el ritmo sudoroso de vuestras vidas, de vuestras afanosas colonias de castores, de vuestros colmenares laboriosos, de vuestros hormigueros exactos y disciplinados! Amen” (pp. 397-398).

 GJA

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