El carnaval llegó a Mazatlán en el lomo de las olas y lo adoptó el pueblo, dijo Rigoberto Lewis hace 40 años

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  • “En los 60’s dejó de ser elitista”, agrega.

Por Juan Lizárraga T. NOROESTE-Mazatlán, 16 de enero de 1982.

Todo empezó como un juego. Los estudiantes de la escuela Rosales, que funcionaba como secundaria y preparatoria, le pidieron que hiciera una carroza en 1956, para participar en el carnaval, así se manifestaban entonces los estudiantes, y encontró su vocación. Desde entonces, de hecho, ha sido el constructor oficial de los carros del Carnaval.

No descuidó sus estudios, no. Terminó la carrera de odontología, más se adjudicó el tiempo necesario para hacer la rosa con engrudo y papel, las estructuras de madera y alambre, los monumentos imaginativos al hombre y sus obras, a la naturaleza, a la belleza.

El buen gusto y la habilidad artística de Rigoberto Lewis han quedado plasmados desde entonces en los carros del Carnaval.

Hoy, cuando los hombres que se encargan de coordinar los quehaceres carnavaleros se renuevan, aunque Lewis continúa con su entrega, NOROESTE quiso conocer algunas, sólo algunas, opiniones de este personaje sobre la manifestación festiva, popular por siempre.

“Primero que nada, hay que dar gracias a los extranjeros, porque el Carnaval llegó en el lomo de las olas, llegó por el mar y lo recogió el pueblo, que es su único y exclusivo propietario”.

Eso dijo, mientras sorbía un café en la sala de su domicilio, durante la entrevista, y reconoció que “algo” han dejado los patrocinadores. Realzó la labor del doctor Luis Zúñiga y de Héctor Díaz.

De los actuales patrocinadores ya se hablará, mejor dicho, se conocerá su obra, después del Carnaval 1982.

Reconoce Lewis que en un principio el carnaval era una fiesta totalmente elitista y que fue en la década de los sesenta cuando “rompió el cascarón y se hizo totalmente popular”. Ahora es internacional y es la principal atracción turística de Mazatlán, afirma.

¿Qué pasó? Hasta antes de los sesenta, los desfiles estaban uniformados y fue entonces que se impuso un nuevo estilo, variado, versátil, donde tuvo que ver mucho el tacto artístico del entrevistado.

Y seguía haciendo reconocimientos, a Nacho Osuna y a Germán Tirado, como constructores de carros; a Héctor Díaz, de nuevo, por su promoción a la belleza de la mujer sinaloense.

¿En qué se inspira Rigoberto Lewis para construir los carros carnavaleros? En el tema escogido por los patrocinadores, como en este año, que es el marino. Ya está haciendo aquellos paisajes evocados por la poesía, los animales que viven en ese otro planeta llamado océano. Tendrá de dónde inspirarse, si vivimos de cara al mar.

Y ya está con sus trabajadores pegando con engrudo el papel, envolviéndolo con oropel y telas coloridas, dándole formas, con la tijera y el serrucho, al cartón, al alambre, a la madera.

Uno se pregunta si no sentirá nostalgia porque toda su laboriosidad, su meticulosidad, su arte de meses, se destruyen en unas cuantas horas después de ser presenciado.

“En un principio sí, contesta, pero luego uno se acostumbra, o mejor, se comprende que la destrucción es necesaria porque conlleva innovación”.

Ahora es víctima de esta contradicción: hay cambios. Ha dejado de ser el constructor oficial de la carroza de la reina, sin embargo, continúa en la batalla. Se siente moralmente comprometido con el pueblo y tiene que ser moral su compromiso.

Entre los trabajadores que tuvo a su cargo ha hecho falta capacitación. Nunca ha tenido un lugar adecuado para la construcción de los carros, pero ahí está, porque sabe esto:

“Los buenos carnavales son los hechos por el pueblo de Mazatlán, y los mazatlecos responden”.

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