El DIF, la transformación de los minusválidos por el amor, una mirada de hace 40 años

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Fotos: internet.
  • Reportaje sobre la Escuela de Educación Especial DIF-Mazatlán, hoy CAM 18 y recreación del artículo de José Martí sobre los sordomudos escrito en 1875, a propósito del Día Internacional de las Personas con Discapacidad.

Por Juan Lizárraga T. NOROESTE-Mazatlán, 5 de mayo de 1981.

La madre creación ha sido loca, torpe, injusta y hasta criminal con algunos seres, pero en compensación, para rectificar los equívocos y endulzar los errores sombríos de su ceguera, ha creado las manos redentoras —y las ha armado con la enseñanza de la ciencia y de la bondad— que revelan la vida a los vivos nacidos muertos.

Tal era la apreciación de José Martí sobre los sordos y la enseñanza especial, expuesta con palabras inspiradoras en su texto “La escuela de sordomudos” (1875).

Son estas criaturas, los niños con deficiencias mentales y los sordomudos; son esas criaturas, los maestros y las maestras de la Escuela de Educación Especial DIF-Mazatlán y de todas las instituciones de este tipo.

En 1972 en Mazatlán, Juan Francisco Peña Abusaid, un joven sordomudo con espíritu filantrópico procedente de Torreón, empezó a trabajar un grupo de 15 personas con discapacidad auditiva que se reunían  en el llamado “barrio de los sordos”, ubicado por la calle Belisario Domínguez. Posteriormente desarrolló sus acciones educativas en un aula que le prestó la escuela primaria vespertina “Agustina Ramírez”. Se integró a su labor la licenciada Antonia Camacho R., quien inicia como instructora y posteriormente como psicóloga. El DIF Sinaloa les brindó el apoyo en un local ubicado por la calle Mariano Escobedo; para 1980 se le construye un edificio ex profeso donde se consolidó la Escuela de Educación Especial DIF-Mazatlán.

Parece como si los fundadores hubieran querido esconder de la vista a la escuela, a un costado de la avenida Insurgentes, antes de llegar al paseo costero, por la calle Edén del Fraccionamiento El Paraíso, a espaldas del edificio del Club de Leones. Al entrar en ella, de inmediato nos rodea un triste espectáculo del que se sale con un extraño regocijo, decía Martí: es que se ha asistido a un lugar donde el amor realiza tiernas transformaciones porque más que enseñanza a los minusválidos ha de profesárseles amor. Y eso hacen las abnegadas maestras.

Aquí está el área administrativa. A un costado el de audición y lenguaje, al otro, el de deficientes mentales, equipados todos con material otorgado por el gobierno municipal, estatal, federal y con la ayuda desinteresada de los clubes de servicio. Enfrente, a la entrada, un parque.

Los niños permanecen en la escuela cinco horas. Son cinco horas de paciencia exquisita, de ingenio, de abruptos en la palabra suprimida, en los gestos elocuentes, de lucha victoriosa contra el error de la naturaleza. Los padres de los niños deben colaborar en mucho, porque sin ellos todo sería en vano, y lo hacen no sólo en sus hogares, sino en la misma escuela, a la que asisten para prodigarles amor a sus hijos.

Hay que ver a estos seres juntos a la hora del recreo, cuando juegan en el parque escolar con los ojos del apóstol cubano: comprimida como tienen la luz de su alma, llevan toda la luz en sus rostros. Los sordomudos: caras hermosas, animadas y brillantes, frente espaciosa, hechas para soportar graves pensamientos; ojos vivaces, animados de candor; bocas de sonrisas tristes. Expresiones dóciles, francas. Los deficientes mentales: caras torpes, frentes apretadas, ojos pequeños, pómulos salientes, boca semiabierta. Expresiones perdidas, ausencia. Y las niñas sordomudas o deficientes mentales: sufren la mayor desdicha. El valor humano no tendrá el valor de aprovechar su belleza inútil, sus tesoros de candor, si no se recuperan. Es el cruel destino de las mujeres, imposibilitadas para encontrar la felicidad propia, tienen capacidad, siempre, de hacer felices a los demás, y así viven y así mueren, exclama el poeta.

Para su aprendizaje, el estudio de los sordomudos ha venido dividido en tres niveles, de acuerdo a su capacidad para romper su silencio, tarea en la que progresan gracias a su aparato que tiene un costo de 11 mil pesos.

Herman Metzger y un grupo de psicólogos y trabajadoras sociales realizan la paciente labor de impartir el amor a los niños.

Con enseñanza amorosa, se integran a la sociedad los deficientes mentales. Cuando se les ve en la rondalla que han integrado, ejecutando la clave, el pandero, las maracas y cantando “En la playa escribí tu nombre y luego yo lo borré”, quiere salir de sus desorbitados ojos alegres el hombre en potencia que llevan consigo. Manotean, se agitan bruscamente ante los ritmos de la canción.

Practican deporte y han resultado vencedores en competencias estatales.

Como director técnico de los muchachos está Juan Peña Abusaid, quien hace ocho años fundó la escuela con recursos propios. Él llegó de Torreón y toda la vida ha luchado por romper su silencio que le produjo la sordera. Lo ha logrado.

Concepción Medrano de Balderrama es la directora de la escuela, quien reconoce profundamente la labor de sus compañeros (no se les puede llamar subordinados).

Ellos, todos, madre creación, participan pacientemente en la humanística tarea de dar luz hacia el exterior a quienes no la tienen.

Tomado del muro de Facebook de Alejandro Camacho Mendoza.

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