Y ellos viven en… un vagón del ferrocarril | Mazatlán hace 40 años

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Imagen ilustrativa armada con fotos de internet.
  • El “Barrio de las cuadrillas”, un sector de viejos ferrocarrileros.

Por Juan Lizárraga T. NOROESTE-Mazatlán, 10 de noviembre de 1981.

El tiempo transcurre apacible y tranquilo en el “Barrio de las Cuadrillas” de la colonia Urías. Todo ahí es ferrocarril, es tren, vía, vagón, y es también hogar con golpe de riel, casa de espacio rectangular, viviendas como las de cualquier familia, pero, repítase, sobre la vía, dentro de un vagón.

Los frecuentes cambios de trabajo a otros sitios, han convertido a ciertos ferrocarrileros, a sus familias, en eternos emigrantes dentro de los carros de ferrocarril.

Ayer no había ninguno de estos emigrantes, pero en el “Barrio de las Cuadrillas” están quienes parece que ya se quedaron, después de años de andar errantes por diversas partes del país, del Pacífico.

Se quedaron. Ya son dueños del vagón, pero ellos pertenecen y han sido por muchos años, del Ferrocarril, de la empresa, de este trabajo laborioso, proletario y proletarizador, donde el músculo valeroso, el músculo obrero ha dado batallas significativas en la vida política de México y en la vida económica, al permitir con su labor que se arrastren por la tierra miles de toneladas de alimentos.

Son casi diez familias en igual número de vagones, las que tienen esta singular morada. Admira y cautiva cómo el espíritu familiar se reafirma a pesar de la rústica vivienda y en tan poco tiempo. Bueno, ni tan poco.

Gudelia Ramírez, por ejemplo, ha ayudado a su suegra a criar puercos y entre grandes y pequeños, tiene como veinte. Ocho años lleva esta señora acompañando a su esposo Juan José Beltrán. Ella nació en Rosario y anduvo en los vagones de Acaponeta y en Culiacán.

Una casa llama la atención (dijimos casa. Es que lo parecen, lo son), pues está cercada y un magnífico jardín de plátanos, flores en macetas y varios árboles verdes, embellecen ese cuadro obrero-familiar.

Abajo del vagón, en una hamaca, apaciblemente descansaba don Miguel López, jubilado en 1976. Trabajó como operador por muchos años y los mismos anduvo de la seca a la meca en las “cuadrillas”, cargando con su familia.

Éstos ya no son errantes. Les regalaron el vagón y lo tienen en una parte de vía infuncional donde cada cual es dueño del lote de tierra.

El vagón es parte de su patrimonio, como su casa. Así no pagan renta, ni agua porque la toman de la red que tiene el ferrocarril, ahí cerca. Los vagones ya están muy viejos y se les ha recomendado a sus ocupantes que desmantelen y se queden con las maderas, para que construyan. Pronto desaparecerán, pero de seguro serán sustituidos por otros de las “Cuadrillas”, de los emigrantes que en estos momentos recorren las paralelas por el Pacífico.

Algo es algo y los ferrocarrileros de los vagones no se quejan: viven cómodos en los vagones. Tienen agua potable y energía eléctrica.

Quizá para nosotros sea molesto y peligroso el que se tenga la morada ahí, sobre la vía, pero ellos, como el zapatero sobre los zapatos, ya están acostumbrados al ruido del metal sobre el riel y a los pitidos del tren, además de que saben evitar los accidentes.

No cabe duda que el hombre se adapta al medio en que se desenvuelve y en este caso, no ha sido una excepción, sino que se ha cumplido inexorablemente esta regla y el “Barrio de las Cuadrillas” es la casa ideal para el hombre ferrocarrilero que cambia constantemente de plaza.

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