Una mirada drónica del Día de Muertos en Mazatlán, hace 38 años

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Juan Lizárraga Tisnado. NOROESTE-Mazatlán, a 3 de noviembre de 1983.

Si hubiéramos visto ayer a la ciudad desde el aire, seguramente parecerían sus calles ríos de flores que desembocaban en los panteones. Para cerrar la metáfora: serían unos mares floreados…

Todo estuvo tranquilo. La estridencia política se calmó por un instante, las escuelas estuvieron cerradas, los burócratas fueron a las oficinas a realizar un paro de labores.

La ciudad toda se trasladó hacia la morada de los muertos. Allá los abusos de los comerciantes, allá la vigilancia de la policía, allá los pobres, los ricos allá, que van a recordar a sus fieles difuntos.

Pero el reportero trabaja y no hay nada. No ha habido accidentes de tránsito, ni en la ciudad ni en las carreteras; la policía no ha detectado robos de montos considerables, ni atracos, ni otros delitos; no llegó ningún balaceado, o cuando menos un acuchillado o un atropellado a la Cruz Roja; los bomberos no tuvieron ninguna salida.

En fin, nada en las oficinas policiacas, nada en las dependencias que nutren a esta página de nota roja en la que se reseñan los nombres de muchos de quienes ayer se homenajeaban, especialmente los que merecieron tal honor de manera violenta.

Recordamos la fuga de los 33 reos el año pasado, precisamente el Día de Muertos. Pensamos en que los muertos no identificados que fueron enterrados en la fosa común no recibieron siquiera una flor marchita… Nos acordamos de la muerte que hemos visto en los cuerpos asfixiados, mutilados, destrozados, machacados, agujereados, en nuestro quehacer periodístico…

Qué más se podía hacer… No había noticias y al reportero estas palabras le están prohibidas… Pero tampoco las va a inventar, tampoco se irá a las calles a propiciarlas personalmente… El espacio está reservado, debe llenarse…

Está bien: no diré que no hubo noticias; diré que ayer fue un día especial, un día en el que el ser humano, ante la tumba del ser querido, se resigna al destino que infaliblemente le espera y se resigna gustoso (“pues los muertos duran más que los vivos”), pensando en que como sus remotos antepasados a los que les llevó flores, él también recibirá el homenaje a través de los años…

Fue un día especial en el que fue posible que no hubiera noticias.

Es que, ¡caramba!, ¡todo está muerto!

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