Paulino Muñoz “resucitó” en su velorio. Historia de hace 40 años, a propósito del Día del Abuelo

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Foto del Cerro Zacanta tomada del Facebook de Francisco Javier Zúñiga.
  • Ante el estupor de los dolientes, el “muerto” despertó cuando era velado en Escamillas.

Por Juan Lizárraga T. NOROESTE-Mazatlán, 28 de agosto de 1981.

Una mediodía de 1960, una peregrinación llorosa seguía a una cama sobre la cual iba un hombre de 90 años que desde dos horas antes había perdido sus signos vitales.

El cortejo fúnebre salió de El Guayabo, cruzó el río Presidio y luego de una travesía de aproximadamente tres kilómetros, llegó a Escamillas donde esperaban familiares y amigos del hombre, para velarlo.

Entonces se lloraba a los muertos a gritos. El pueblo estaba ahí reunido. No se moría gente tan seguido y cuando sucedía, llamaba la atención en esos pueblos faltos de atracciones.

Vaya que ahora sí tuvieron y todavía se platica. Cuando nada hacía dudar que el hombre hubiera muerto, éste se levantó de la cama en medio del espanto de los dolientes, quienes en su mayoría salieron en una angustiosa desbandada.

Hace 20 años de esto. Ayer, Paulino Muñoz Moreno, el “muerto”, quien cumplió 111 años el pasado 20 de junio, junto con su hija María de Jesús Muñoz, nos platicó esa anécdota real, aunque no tenía a la mano el acta de nacimiento respectiva.

Todo empezó cuando contrajo una infección en su pie derecho. Al salir de una cantina, con la puerta, se lastimó fuertemente la herida y se le infectó más, al grado de que le era imposible caminar.

En El Roble, un doctor quiso trozarle la pierna, a lo cual Paulino se opuso. “Déjenme morir”, dijo al doctor. A veces mejoraba, pero gradualmente empeoraba a la larga.

Él residía en Escamillas, pero ya imposibilitado para caminar por la infección, se fue a El Guayabo, donde tenía familiares y lo cuidaba su hija María de Jesús.

Estaba en una casa amplia y dice que de pronto sintió que se desmayaba y cuando volvió en sí, fue cuando se encontraba en Escamillas, rodeado de gente que lo miraba con los ojos desorbitados y llorosos.

¿Qué pasó? “Yo creo que sí me morí, pero a tanto grito me devolvieron” y recuerda que durante su inconsciencia le sobrevino una sensación de estar entre abismos, nada más.

Nunca se ha vuelto a enfermar y así es como ha visto crecer a sus hijos, cuatro, a muchos bisnietos y a más nietos y ahora ve crecer a sus tataranietos.

También ha visto un desfile de muertos. Hoy, precisamente, hace un mes que murió atropellado su yerno Antonio Bernal, esposo en vida de María de Jesús.

¿Y cómo le ha hecho para vivir tanto tiempo?, le preguntamos con interés (que pase la receta, ¿no?) y respondió:

“¡Aaah! A las cosas viejas hay que meterle puntales nuevos”.

No hay ningún secreto. Tan pronto siente el síntoma de una enfermedad, los cuales a veces ni son reales, a decir de sus familiares, busca al médico en Mazatlán, al fin y al cabo que la distancia de Escamillas a esta ciudad se ha acortado con la pavimentación de la carretera.

Y Paulino Muñoz, lúcido, un poco sordo, caminando a veces ayudado por un bastón, le tiene un gran amor a la vida, sin achaques, sin esa sensación angustiosa propia de la vejez.

Es que ya “se murió” una vez.

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