MUJERES GOLPEADAS | Reflexión sobre el tema en 1984. ¿Qué ha cambiado?

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Juan Lizárraga Tisnado. NOROESTE-Mazatlán, a 23 de agosto de 1984.

No hay día, sin exageración, sin que en los partes de entradas a la comisaría de policía falte el detenido “a petición familiar” porque golpeó a su esposa. Y por supuesto que no hay día sin que los encargados de hacer las averiguaciones previas careen a los implicados, el primero para negar que haya habido agresión y la ofendida para reafirmarlo, muchas veces con exageraciones; otras arrepentidas pidiendo la libertad de su marido.

Faltan las mujeres golpeadas que no denuncian al verdugo. Y de entre éstas hay aquellas que las golpizas que reciben las consideran muestras del amor del macho que la cela porque la quiere mucho y la golpea. Se ha visto a la mujer —mojados los ojos, hinchados los labios— que se consuela de que el marido la golpee y cuando tarda en hacerlo le comenta a su vecina o a su comadre que su marido ya no la quiere porque ya no le pega.

Y de entre quienes denuncian, la mayoría son aquellas que se rebelan ante las duras y constantes golpizas, despiertan mental y sentimentalmente y se ponen al tú por tú con su troglodita. Se ponen al tú por tú, no a golpes, sino acudiendo a la policía.

Las mujeres ya no quieren ser como Juan Jacobo Rousseau propuso en el quinto libro de “El Emilio”, en su relación con el macho: “Complacientes, serles útiles, hacerse honrar y amar de ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarles, hacerles la vida agradable”.

Fue una metida de pata del filósofo ilustrado que remató así: “He aquí los deberes de las mujeres en todos los tiempos y lo que se les debe enseñar desde su infancia”.

Digo lo anterior porque la mujer ya no está inerme ante el marido y ha comprendido que no nacieron para hacerle la vida agradable, ni para soportarle sus excesos machistas. Prueba de lo anterior lo es precisamente el hecho de que acuden a la policía para que se castigue a los golpeadores, por no decir nada de aquella que el domingo pasado le prendió fuego a su media naranja. Digo.

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