Crónica de un ‘pleito callejero’ de preparatorianos en la cubierta del Yate Fiesta, hace como 50 años

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Efraín Ornelas y El Gato Samuel Manjarrez, con marco; los otros, Eduardo Aviña, Carlos Escobar y Armando Veytia. Foto ilustrativa tomada del Facebook de Jungle Juice Mazattlán.

Por Juan Lizárraga Tisnado, testigo infantil de la pelea.

En sus comienzos, El Yate Fiesta tenía su atracadero de salida y llegada junto al actual embarcadero a Isla de la Piedra, entrada por la avenida Emilio Barragán, para ser más precisos, donde hoy están las instalaciones de la Zona Naval Militar, ligado a los patios y bodegas del muelle fiscal.

Junto al patio del atracadero, puertas abiertas para todos, había una cancha de básquetbol hacia la cual nos trasladábamos de cuando en cuando, desde el callejón Cárdenas, algunos jóvenes, casi niños, en pantalones cortos, sin camisas y descalzos algunos, a echar la cascarita a pleno sol.

El canal de navegación limitaba la cancha hacia el oriente, con el paisaje marino de aves, lanchas y barcos camaroneros que se alegraba en las salidas y/o llegadas del Yate Fiesta, un barquito de dos pisos, adornado con ondeantes y coloridas banderitas y del cual volaban como parvada sonidos de alegría mezclados con las notas de una alegre marimba y la voz de un animador que daba detalles de los sitios que los pasajeros tenían a la vista.

Nosotros, jugábamos al balón y la canasta a como lo entendíamos, cuando de pronto varios jóvenes, casi adultos, interferían con malicia, como si fueran parte del juego. Serían cuatro o cinco. Efraín Ornelas, era uno de ellos, yo lo conocía de vista porque había participado en los entrenamientos para una competencia de regatas que se hacían en los muelles como parte de los festejos del 16 de septiembre con Cuitláhuac Rojo y Efraín era parte de esa organización, en la cual mucho tenía que ver Jesús Serrano con el equipo del Club Muralla; también estaba Samuel “El Gato” Manjarrez. De los otros, no me acuerdo, si es que los conocía.

Llegó el Yate Fiesta con la alegría de su animador y de la música de marimba, dando las gracias de despedida. Se atracó de costado, de manera que desde la cancha veíamos a lo largo la cubierta del Yate Fiesta desde antes de que se convirtiera en arena boxística.

Bajó todo el pasaje y la tripulación. Permaneció arriba sólo uno de ellos, musculoso, de menos estatura que Efraín, quien subió a la cubierta y en breve intercambio de palabras, se quitan sus camisas-camisetas y se ponen en posición de pelea.

Eran un “tiro derecho”. Los acompañantes de Ornelas fungían como “testigos de honor” y estaban prestos por si se les pudiera necesitar. Nosotros, curiosos y admirados espectadores, hacíamos de cuenta que estábamos en primera fila.

Tras un buen rato de finteo, ambos se dieron varios golpes, se repegaban hacia la borda del barco con riesgo de caer hacia el agua marina, se retiraban al centro de la cubierta. Efraín era más certero y contundente. Fue una pelea limpia, sin réferi. Sólo boxeo, golpes con los puños.

Finalmente, quien era parte de la tripulación del yate se dio por vencido y terminaron la pelea como caballeros.

Al tiempo, tanto El Gato Manjarrez como Efraín Ornelas siguieron con sus pleitos, pero arriba del ring, con los guantes puestos.

Aunque por caminos distintos, ambos, Efraín y El Gato, siguen dando batallas en su pelea por la vida. Del rival del Yate, sepa Dios cuál sería su destino.

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