Los japoneses, pieza vital en el crecimiento de nuestra flota pesquera. Mazatlán hace 40 años

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Foto: Facebook de Alfonso Cornejo.

Por Juan Lizárraga T. NOROESTE-Mazatlán, 8 de junio de 1981.

Mazatlán apunta a ser, y en cierta forma lo es ya, uno de los principales puertos pesqueros del país. El camarón capturado por sus hombres satisface la glotonería extranjera, y nacional, todo ello dentro de un mar, no sólo de agua, sino de aberraciones e injusticias, dentro de un océano de hostilidades entre quienes se han echado a cuestas la honrosa tarea de extraer el rico crustáceo: el pescador.

Visto desde el aire, a una altura considerable, el muelle es una kilométrica línea o mancha de mástiles sobresalientes de las cubiertas de las embarcaciones, que se pueden contar por cientos. Es increíble el crecimiento de la flota, pues en 1938 no tenían los pescadores un solo barco camaronero.

LA COOPERATIVA “PESCADORES DE MAZATLÁN

Es increíble que aquel organismo valeroso creado en 1936 por los estibadores y alijadores de los muelles, que también se dedicaban a la pesca, se haya propagado a tal grado que ahora, después de ser pioneros, buscan no sólo en el papel, la explotación exclusiva de camarón, sin que entre el capital privado, la mano del armador que ya se ha llevado un buen filón. Este organismo fue la cooperativa “Pescadores de Mazatlán”.

Empezaron como obreros, sólo con su fuerza de trabajo, más necesitaban de los medios de producción para trabajar y éstos los pusieron los japoneses: Meisi Marú y Koki Marú fueron los primeros barcos y los —ahora sí— pescadores cooperativistas de la Mazatlán, trabajaron como tripulantes, junto con los nipones.

Antes de esto, la cooperativa sólo tenía permiso para explotar a la langosta y al tiburón. Sólo de esta manera pudieron incursionar en la del camarón.

Francisco Bernal, uno de quienes vivieron este proceso y de los pocos que continúan en el medio cooperativista, platica que los japoneses eran muy rijosos y los encuentros a golpes con ellos eran muy constantes pero siempre podía más el boxeo de los mexicanos que el karate de los japoneses.

Vino la II Guerra Mundial, y los ojirasgados se vieron obligados a partir, más empezaron a trabajar: José Nava les construyó el primer barco y le llamaron “Pescadores”, más por su forma ancha fue bautizado como “La Tambora” por los mismos cooperativistas. En 1942, la cooperativa contaba ya con seis barcos a los cuales se agregaron dos más con créditos obtenidos del entonces Banco de Fomento Cooperativista, y luego ocho.

Ahora, la cooperativa “Pescadores de Mazatlán” tiene su planta de hielo propia y su empacadora.

EMILIO MANUEL GONZÁLEZ, PROTECTOR DE ASESINOS

Así se gestó el inicio de la pesca de altamar en Mazatlán, un poco más temprano que la de rivera en el sur de Sinaloa y en el norte de Nayarit.

En 1940 existía en San Blas, Nayarit, una cooperativa llamada “Pescadores Unidos de San Blas y Boca de Lazadero” y otras menos importantes, que pertenecían a una Federación de Cooperativas de Escuinapa la cual mangoneaban vulgares pistoleros que recibían la protección del entonces senador cetemista Emilio Manuel González, hoy candidato del PRI al gobierno de Nayarit.

Eran algunos de estos tipos Amador Cortés, directivo de la cooperativa “Mexcaltitán”; Alfonso Benítez “El Cuachi”, de la “Álvaro Obregón” y otros que, juntos todos, tenían asolados y sobreexplotados a los pescadores.

¡Qué tiempos aquellos! Era común ver coloradear las banquetas y las azoteas de las viviendas nayaritas de camarón chico que se ponía a secar, pues el de mejor tamaño era entregado a la Empacadora Rivera Deep (propiedad de Francisco Rivera y Jorge Deep, residentes en Guadalajara) a 95 centavos el kilo.

Los pescadores estaban indefensos. Mucho camarón se perdía porque no había compradores y la cooperativa no tenía medios de transporte ni planta de hielo, además, los enviados de la Empacadora Rivera Deep, con patrañas mil, no se los recibían más que en las cantidades por ellos determinada.

La cooperativa de San Blas estaba en la calle, económicamente hablando.En una ocasión, la cooperativa entregó su producto y pasaron muchos meses sin que llegaran las liquidaciones, las que al fin de cuentas no llegaron porque la empacadora las había entregado a los directivos de la Federación (empacadora y federación estaban ubicadas en Escuinapa) y cuando fueron a exigirlas los cooperativistas, sólo recibieron amenazas muy elocuentes.

Es que los “líderes” de la Federación tenían fuero gracias a los favores de Emilio Manuel González, quien de aguinaldo les regalaba docenas de pistolas, por una guayina con la que le correspondían anualmente. Tan era sí que en 1951, “El Cuachi” mató impunemente a tres pescadores.

Gracias a la competencia en el chalaneo, propio de nuestro sistema económico, la situación de las cooperativas mejoró, cuando por las mismas fechas, en 1951, llegó a la región Pedro Fletes, representante de Casa Pando, para ofrecer mejor precio: un peso con quince centavos, en lugar de los 95 centavos que daba la empacadora y la casa comercial prometió entregar remanentes, es decir, algo de dinero más después de realizada la venta en el mercado.

Había, pues, caciquismo e ignorancia en el sector pesquero, pero luego se convirtió esto en corrupción y en trampolín político, como hasta la fecha lo es y no parece dejar de serlo en largo tiempo, este importante renglón de la producción en México.

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