EL LIENZO CHARRO, PRECURSOR DE LA COLONIA JUÁREZ | Charla con Vitorio Olvera en 1982

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  • La de Víctor Olvera, una larga vida entre patas de caballos.
  • Lo buscaban los niños para que los paseara.

Por Juan Lizárraga Tisnado. NOROESTE-Mazatlán, 23 de abril de 1982.

Como deporte, el pasear en caballos por la ciudad es sólo accesible para los ricos, porque el caballo más flaco viene costando más de 10 mil pesos, luego, si es fino, de buena rienda y ha ganado alguna carrera, entonces su precio se eleva a cientos de miles de pesos.

A invadir rancherías tienen que irse los pobres de la ciudad para disfrutar de estas exquisiteces.

Pero aquí, en Mazatlán, los Coppel, los Cárdenas, los Negrete, los Laveaga, los Alba Luna, los Corona, etcétera, ellos, sus hijos y sus nietos, fueron paseados sobre los lomos de caballos que les llevaba a domicilio “Vitorio”, don Víctor Olvera, ampliamente conocido en Mazatlán, cuya vida está ligada, fundida, al Lienzo del Charro, que hoy se llama “Amado Guzmán”.

Cuéntese aquí, por partida doble, la historia de Vitorio y la historia del Lienzo Charro.

Nació Víctor Olvera en Jalisco —todo nos lo platica él en una gradería del lienzo, frente a varios caballos que armonizan la plática con algunos relinchos— y quiso de joven tener los dólares que al decir de sus amigos se conseguían fácilmente en Nogales, más al llegar allá sólo ganó desengaños. Entonces se vino a Culiacán, pero no le gustó la capital de Sinaloa y en noviembre, un domingo de noviembre de 1942, llegó a esta ciudad y aquí está con sus caballos… bueno, ya sólo le queda una yegua, porque hace como tres años que no hace esta clase de renta.

Llegó a trabajar como ayudante del caballerango de Amado S. Guzmán, charro de corazón y en un tiempo, en 1951-1953, presidente municipal de Mazatlán. Después él quedó al frente de toda la caballería ganando ¡dos pesos diarios!

El dinero rendía entonces, hombre, pues Vitorio, con las propinas que recibía, se metía al Cine Mazatlán, que estaba donde está ahora “El Toro Manchado”, a ver puras películas texanas.

Empieza luego a crear su caballería, con animales propios y ajenos, hasta que llegó a tener 35 caballos, y los empezó a rentar. Tenía su primera caballería casi al terminar la calle Aquiles Serdán.

Cobraba entonces cinco pesos la hora. Sus principales clientes eran los niños. Aumentó la “tarifa” a seis pesos y la esposa del licenciado Enrique Pozo Araujo le pidió, pagándole 10 pesos la hora, que paseara a sus hijos y que de ahí en adelante cobrara eso, 10 pesos, porque cualquier madre o padre lo iba a pagar, pues a los niños les encanta pasear en caballo y más van a gastar en callarlos. Así fue.

Hubo problema con el terreno que ocupaba y lo perdió a la mala en un litigio. Entonces se fue al Lienzo Charro a trabajar y ahí vive desde 1955.

Hízose el Lienzo Charro en los años 52 y 53, cuando era presidente municipal Amado S. Guzmán, y gobernador del Estado Enrique Pérez Arce. Era sólo el ruedo y una gradería de madera. Leopoldo Sánchez Celis era influyente en México y ante él acudió Amado Guzmán para que intercediera y se llevara a cabo aquí en Mazatlán el congreso nacional de charros. Así fue.

Ricardo Medrano Filippini, hoy director de Tránsito en el Estado y delegado de la Federación de Charros en Sinaloa, consiguió dinero y trabajando día y noche se logró la construcción de lo que es hoy el lienzo charro. Esto fue allá por 1963, siendo ya gobernador Sánchez Celis.

Vitorio no dejaba de rentar caballos. Ganaba poco por recorrer las calles bajo los rayos del sol y malcomiendo algún pan con refresco.

Hace como tres años sintió un agudo dolor en la nuca. Los médicos conocidos de él le daban medicina hasta que Magaña le hizo un examen y le dijo que no era “riuma” lo que tenía, sino un agotamiento grave. Lo mejor era descansar. Y así fue.

Tenía personal que sabía el manejo de los caballos, es decir, alimentarlos, asearlos, afinarles las riendas, más nadie quiso trabajar y se quedó con una yegua nomás. Dos vacas paridas le han dado por ella y no la ha querido cambiar.

Nada, nada. Aunque todo suba, no la vende, es de su hijo. Antes compraba caballos a 200 pesos y se los vendía a los “arañeros” ganándose veinticinco pesos por cada animal, pero ahora cualquier caballo vale más de 15 mil.

Y ahora está ahí, viviendo en la plaza, con una pensión para los caballos, tanto de los miembros de la Asociación de Charros como de algunas damitas o juniors de aquí mismo. Ha sido una larga vida entre las patas de los caballos.

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