El trompo, un juguete quizá tan antiguo como el mismo hombre

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Foto tomada de internet.

Por Juan Lizárraga T. NOROESTE-Mazatlán, 15 de marzo de 1981.

De manera cíclica, los entretenimientos infantiles se presentan infalibles cada año, igual, o con pequeñas variantes: ¿Quién, durante su infancia, no jugó “a las canicas”, al yo-yo, al balero, a saltar la cuerda, etcétera?

Y los niños se extasían. No acatan el llamado de la madre para que coman sus alimentos o para que le hagan un mandado a la tienda. Se encierran en su juego y otra cosa es para ellos el mundo. No hay terrorismo, no hay amenazas de guerra; no hay hipocresías; la tierra no gira ni sobre su eje ni alrededor del sol. Sólo existe el juego.

En Mazatlán, en este momento, el rey de los niños es el trompo. Rey feo de cuerpo cónico y de cabeza chica, pero simpático para los pequeños por bailarín y violento hasta hacer trizas con su punta a cualquier objeto que le pongan enfrente, incluso a sus propios semejantes. Ni se diga que cuando se enoja sale disparado y si no hace una alcancía en la cabeza de sus súbditos, cuando menos los deja cojeando. Es el pago por la diversión.

La historia del trompo es probablemente tan antigua como la historia del ser humano. Los hombres de las cavernas aprendieron a vivir juntos y en consecuencia aprendieron también a jugar juntos. Convertían en juguetes algunas de las cosas que se encontraban a mano, entre otras ciertas nueces que podían hacer girar. Tal vez de éstas tomaron su origen los trompos.

En verdad, es imposible ubicar su origen porque se pierde en las tinieblas de un muy remoto pasado. Quizá los más antiguos de que se tienen noticia sean los que se encontraron en las excavaciones de la tercera ciudad de Troya. Son de barro cocido y su antigüedad se remonta a unos 1,500 años antes de Cristo.

Hay diferentes tipos de trompos y se cree que es una derivación de la “pirinola” (perinola). Sin embargo, el más popular de ellos es el que se hace girar mediante un cordón, de la cabeza hasta la punta de metal en el extremo opuesto, desde donde se va enrollando hasta una altura que por lo común coincide con la parte más ancha del juguete.

Es el anterior el trompo más moderno y se le conoce como periforme. Los que con él juegan llegan a adquirir una gran habilidad para hacerlo que golpee con su punta el lugar preciso que desean, para levantarlo del suelo y hacer que siga bailando en la palma de la mano o en una uña, para cacharlo o levantarlo con el cordel sin que se interrumpa su movimiento giratorio, etcétera.

Basados en estas “gracias”, se hacen diversas competencias que varían en cada país. Así es como en el Japón este juego ha adquirido niveles de profesión. En ningún lugar faltan los trompos hechos y pintados con la ingeniosidad del japonés: llamativos, de diferentes formas y colores; unos de conchas pequeñas que se rellenan de cera, trompos dentro de trompos, trompos musicales y trompos que duran bailando por tiempo extraordinariamente largo. Los chinos, en cambio, son grandes maestros en el arte de hacer bailar el trompo, por más que no igualan a los japoneses en el de fabricar tales juguetes.

Fuera de los riesgos de un descalabro, el juego del trompo es sano y además barato. Es parte innegable del “folklore infantil” de nuestros pueblos.

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