‘La Hidalgo’ o ‘De los Leones’, una plaza en un tianguis que funcionaba como mercado municipal

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Oses Cole Isunza, Las Viejas Calles de Mazatlán

  • La Hidalgo es, probablemente, la más antigua plaza con que contó Mazatlán. En un principio funcionó en ella el mercado público de la ciudad

ERA UNA PLAZA EN UN TIANGUIS DE TENDAJONES

El Archivo Histórico Municipal de Mazatlán conserva un documento fechado el año de 1835, firmado por Manuel María de la Vega y Rábago, entonces gobernador de Sinaloa y dirigido al Alcalde Conciliador de Mazatlán de fecha Abril 7, por el que le comunicaba que la Asamblea Legislativa del Estado autorizaba al gobierno a disponer del terreno que servía de plaza de mercado, que Juan Nepomuceno Machado reclamaba como suyo, liquidando su valor al reclamante.

De dicho documento puede inferirse que la plaza no debió haber tenido muchos años de establecida, quizá principios de esa década. Esta afirmación se comprueba con un documento sobre la desamortización de las propiedades de Luis F. Ramírez en el año de 1863, en el que daba los antecedentes de cada una de ellas. Y respecto de una que poseía en la esquina norponiente de Ángel Flores y Niños Héroes indicaba: “Su primer poseedor fue Juan María Ramírez, quien lo adquirió por desmonte que hizo en 1830.”

El cónsul francés en Mazatlán, Philippe Martinet, en un oficio enviado al Ministro de Asuntos Exteriores de su país en 1855, describe así la plaza: “En el centro de la ciudad está un mercado cuyos cuatro lados están ocupados por techos en forma de tiendas; en medio hay una plaza cuadrada descubierta (propiedad municipal)”.

EL MERCADO SE TRASLADA A LA PLAZUELA REPÚBLICA

En el transcurso de 1865, cuando la ciudad estaba ocupada por el ejército francés, el Ayuntamiento Imperial decidió trasladar el mercado varias cuadras hacia el oriente, a lo que es hoy la Plazuela República. La falta de información no nos permite conocer las razones de tal cambio, que debió realizarse a mediados o finales del año citado.

En noviembre de 1866 se trató en el Cabildo la decadencia en que se hallaba la antigua plaza del mercado, trasladados la mayoría de los vendedores al nuevo, cuya casi nula actividad comercial no producía ninguna cantidad a los fondos municipales. En tal virtud, se aprobó que los vendedores de “hoja, maíz y todas las semillas” se establecerían desde el 1 de Diciembre siguiente en el viejo mercado, y se obligaría a todos los introductores de tales mercancías los descargaran en la misma plaza y no se podrían vender en ninguna otra parte. Igualmente, los vendedores de ropa, mercería y corambre no podrían establecerse en ninguna otra parte. Con la aplicación de esas disposiciones, el Cabildo sentía “que de esta manera quedará más despejada la nueva plaza del mercado, en la cual no se puede transitar por lo aglomerado de sus puestos” y así el municipio daría “aliciente a la antigua víctima de las autoridades imperiales”.

Se pretendió construir un teatro. En abril de 1868 el general Manuel Márquez, quien había sido gobernador del estado en algunos meses de 1861 y de 1863 y lo sería brevemente a finales de 1871, solicitó al Ayuntamiento se le diera en propiedad el terreno de la antigua plaza del mercado, donde pretendía realizar la construcción de un teatro, que prometía estaría concluido en un plazo de dos años después de la concesión. Márquez, bajacaliforniano de nacimiento, se distinguió como oficial de marina cuando la ocupación americana de Mazatlán en 1847. El Ayuntamiento nunca resolvió acerca de la solicitud y la plaza continuó en decadencia.

En abril 26 de 1870 se ratificaron por el Ayuntamiento los convenios que la Comisión de Hacienda y Ornato celebró con Ignacio Guerrero y Ramona Canalizo, dueños de las fincas ubicadas en la plaza del Mercado viejo, mandadas expropiar por decreto municipal de Marzo 15 del mismo año. Guerrero recibió como pago una fracción del terreno comprado a Julio Valade, situado en la “esquina de la manzana al delinearse la nueva calle, prolongación de la del ‘Sacrificio’, con veinte varas de frente al oriente y el fondo que le quede.” Ramona Canalizo, por sí y como tutora de sus hijos, “recibe en pago una fracción de terreno comprada a los Sres. Valade y Ramírez con catorce varas de frente a la calle y el fondo que le quede, y sobre el cual se construirá a expensas del Ayuntamiento dos piezas techadas de viga y un corredor de teja”.

En la misma fecha fueron aprobadas las indemnizaciones que se fijaron a los dueños de fincas ubicadas sobre la plaza misma y en terreno de la ciudad: Testamentería de Julio Patte y Compañía, $250; Dionisio Rivas, $250; Secundino Torres, $100; Testamentería de Domingo Torres, $100; Tomasa Osuna, $500; Manuel Sagrera, $150, y el 14 de Mayo siguiente se aprobó la compra de una finca propiedad de Fermín Irigoyen, situada al poniente de la plaza del antiguo mercado y necesaria para llevar a cabo el proyecto de la plaza, en la suma de $8,000, pagaderos $2,000 al contado y el resto a ocho meses de plazo  y se autorizó a la Comisión de Hacienda a agenciar “los fondos necesarios para realizar la compra de que se trata, con el carácter de préstamo, a reintegrarse gradualmente.” El Sesión  de Mayo 31 se autorizó como precio definitivo de la finca la suma de $8,300.

Se construye la plaza Hidalgo (se iba a llamar Concordia). En 1870 se derribaron las viejas fincas que permanecían de lo que había sido el anterior mercado y se empezó la construcción de lo que sería la Plaza que hoy vemos. Parece ser que el nombre de Hidalgo no se le dio a la plaza sino algún tiempo después, ya que por un documento fechado en Marzo 7 de 1877 vemos que inicialmente tenía otro destino. Tal documento indica: “Juan Villa, ante la respetable Corporación comparece y manifiesta que hecho un contrato con Vuestra Honorabilidad en 11 de Diciembre ppdo., he invertido una cantidad en la formación de las banquetas de la Plaza de la Concordia, o antiguo mercado…”

Desde este año de 1870, tuvo la plaza áreas jardinadas, árboles y bancas y fue uno de los lugares de esparcimiento preferidos por la población de la ciudad, sobre todo las noches en que daba audiciones la banda de alguno de los regimientos del ejército que formaban la guarnición de la ciudad o la propia del Ayuntamiento.

Años más adelante, en el centro se colocó una estatua de Miguel Hidalgo, que a pesar que desde que fue colocada en su pedestal causó un sinnúmero de críticas respecto a lo mal hecha que estaba, continuó ahí hasta finales de siglo, cuando fue sustituida en 1899 por un quiosco de fierro forjado y madera que donó el gobernador Francisco Cañedo.

En Noviembre de 1878 el Ayuntamiento celebró un contrato con la empresa que surtía de gas a la ciudad, para asfaltar las banquetas de alrededor de la plazuela, a razón de 5 reales vara cuadrada, para liquidarse en abonos de cincuenta pesos mensuales. Cuando el contratista avisó que la obra estaba ya  terminada, se envió a los Síndicos a inspeccionarla, quienes en Febrero 28 de 1879 rindieron el correspondiente informe. “….pasamos los infrascritos a reconocer la obra de la Plaza de Hidalgo, resultando que el asfalto puesto en dicha plaza mide efectivamente un mil ciento veinte varas cuadradas, como dice el Sr. Germán Fellinger. No hay, pues, objeción alguna que hacerle sobre ese particular; pero la Comisión notó que el asfalto empleado no es todo de buena calidad; se ve en algunos puntos del muy malo; y creemos que es necesaria su reposición o saneamiento a fin de que la banqueta en general presente igual solidez, pues que de otro modo habrá que erogar nuevos gastos para su consolidación, con perjuicio de los fondos públicos.” En Mayo 7 de 1879 se informó que las fallas habían sido subsanadas y se autorizó el gasto total de la obra, que importó $700.

En el lugar se acostumbraba en ocasiones celebrar las fiestas patrias. En las del año 1896 “La plaza de Hidalgo fue el día 15 el punto de reunión de casi todo Mazatlán. Estaba engalanada con gusto y parecía, vista de lejos, como si hubiese caído sobre ella una lluvia de estrellas. Frente a la estatua de Hidalgo se construyó una gran carpa de madera en cuyo frente se colocó aquel hermosísimo arco que tanto llamó la atención en los paseos de ‘Olas Altas’. Detrás de la estatua improvisóse un pequeño kiosko, alumbrado también por numerosos globos incandescentes.

“Los vecinos de la Plazuela no quisieron ser menos e iluminaron espléndidamente las fachadas de sus casas, con farolillos de diversas formas y colores. Sobresalió entre todos los edificios el de la Torre de Babel que fue sin disputa el que estaba mejor engalanado y mayor número de luces ostentaba”.

Cuando se retiró de su lugar en Olas Altas la estatua de la Libertad que hubo ahí, los dos leones sedentes que adornaban su pie fueron colocados a los lados de la escalinata que conducía al quiosco, luego formaron parte de la decoración de una rotonda que se construyó en su lugar y aún continúan guardando el acceso principal del edificio que se levantó en los 1970’s para dar cabida a las bibliotecas Manuel Bonilla, que ocupa la planta baja y la Benjamín Franklin, la alta. Tan falta de plazas públicas como está la ciudad,

¿no habría otro sitio más adecuado para levantar el edificio que éste?

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