La historia de amor de Mary McEntee y el general Ramón Corona, iniciada en Mazatlán

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  • Mary Ann McEntee O’Roak nació el 4 de enero de 1844 en Nueva York; murió el 23 de diciembre de 1899 en México, D.F.
  • Ramón Corona Madrigal nació el 18 de octubre de 1837 en Tuxcueca, Jalisco; murió el 11 de noviembre de 1889 en Guadalajara.

LA SEÑORA CORONA | Por Antonio Lerma Garay

Existe una versión en el sentido de que su vida fue como la de una Cenicienta, cuyo origen por demás humilde contrastaba con su belleza inigualable. Quienes la conocieron aseguraban que era tan bella que simplemente opacaba a cualquier otra mujer. Era hija de una pobre lavandera, ambas oriundas de San Francisco, California. Su nombre era Betty.

Siendo muy joven se casó con el señor S. P. Bowman, un empresario de las diligencias, y ambos vinieron a vivir a Mazatlán entre finales de mil ochocientos sesenta y dos y comienzos del año siguiente. Cuando el empresario murió en esta ciudad, la joven viuda quedó al frente de los negocios de aquél, incluido el Hotel Americano.

Poco después de que los imperialistas y el general Ramón Corona Madrigal pactaran la liberación de Mazatlán, éste dio un gran baile en dicho hotel. Cuenta la historia que la joven y bellísima viuda caminaba hacia arriba en una oscura escalera con una charola en sus manos cuando el general, caminando aprisa rumbo a la planta baja, la atropelló haciendo que la bandeja y su contenido fueran a parar hasta el suelo. Al principio ella no sabía de quién se trataba, aún así lo reprendió por caminar sin cuidado en una escalera. Por su parte el hombre una vez que se repuso del accidente y la reprimenda tuvo la oportunidad de ver y admirar a aquella joven. Los dos quedaron prendidos de inmediato, y esa misma noche hicieron el amor.

Pero aquel poderoso hombre debió trasladarse a la ciudad de Guadalajara, dejando a su enamorada en el puerto sinaloense. Sin embargo, asegura esta historia que como en una novela de amor a diario sin excepción él le escribía cartas, mismas que ella respondía con la misma periodicidad. Y fue gracias a estos mensajes que la pareja se conoció aún más.

Otra versión contradice parcialmente a la primera, y asevera que el nombre de dicha mujer era Mary McEntee, que era oriunda de Nueva York, hija de un empresario que había llegado a Mazatlán debido a sus negocios. En esta ciudad la joven había conocido a El General y poco después habían contraído matrimonio.

Lo que sí es cierto es que El General y la joven y bellísima Betty viuda de Bowman se casaron en Mazatlán la tarde del dos de octubre de mil ochocientos sesenta y siete. Pero en esa fecha él se encontraba en Guadalajara, razón por la cual el matrimonio se celebró “por poder”. Ella firmó el acta por con su propio puño, pero por parte del contrayente lo hizo don Francisco Sepúlveda, Jefe de la Aduana de la localidad.

Del puerto sinaloense la recién casada abordó el barco Continental rumbo a San Francisco para arreglar asuntos personales. De ahí abordaría otro buque rumbo a la costa mexicana, luego viajaría por tierra hasta Guadalajara para encontrarse con su amor.

Fue el año mil ochocientos setenta y cinco cuando El General fue nombrado Ministro Plenipotenciario de México en España. Y allá fue la bella mujer acompañando a su esposo. La pareja se aposentó en una casona de la calle de Atocha en Madrid.

Alrededor de mediodía del miércoles veintinueve de septiembre de dicho año, llegaron a la casa del ministro mexicano tres carruajes. En el primero iba el señor Pineda, caballerizo de campo; el siguiente era un coche de gala de la casa real a la cabeza del Marqués de Selva Alegre, quien era el introductor de embajadores; en el último viajaba el secretario.

Ramón Corona y otros funcionarios abordaron una de las carrozas. A las dos treinta de la tarde dio inicio la ceremonia oficial en la Real Cámara con la asistencia del Ministro de Estado y los más altos dignatarios. El ministro mexicano presentó al Rey al secretario de la legación. Luego, a las tres quince, la ceremonia oficial se dio por concluida, con lo que los diplomáticos regresaron a sus aposentos de la misma forma en que habían salido de ella.

Ramón Corona se enorgullecía de su bella esposa, fue por ello que pocos días después, el viernes ocho de octubre, acudió a presentársela al Rey y a la Princesa de Asturias. Pero sobretodo la pareja deseaba dejar atrás todos esos años de guerra con todos sus innumerables problemas, incluidos muertos y heridos. Por ello las fiestas, bailes y banquetes que la pareja de mexicanos ofrecía en la casona de la calle de Atocha en Madrid harían historia.

Cuando llegó el día en que Ramón Corona debía regresar a México, sin inmutarse la señora de Corona siguió los pasos de su cónyuge. El amor que ambos se profesaban parecía no disminuir con el tiempo, sino todo lo contrario.

El cuento de hadas parecía continuar sin final a la vista; la historia narra que muy pronto la nativa estadounidense se convirtió en la Primera Dama del Estado de Jalisco, cuando El General fue nombrado gobernador de dicho estado.

Pero llegó la tarde del domingo once de noviembre de mil ochocientos ochenta y nueve cuando el gobernador del estado, su esposa y un grupo de allegados se dirigían al Teatro Principal de Guadalajara. Entonces Primitivo Ron atacó al primero con un cuchillo, causándole cuatro heridas; una en la cabeza, otra en el pecho, la tercera en el cuello y la última en el abdomen. El gobernador fue llevado a su casa donde fue atendido por catorce médicos, pero a pesar de sus cuidados el herido falleció la mañana siguiente.

Aquella fatídica tarde se dio una anécdota protagonizada por aquella mujer que ha quedado oculta, pero que da prueba total e indudable de sus sentimientos. Cuando la señora de Corona se percató del ataque de aquel asesino intentó defender a su esposo de la única forma que pudo. Cuando veía el brazo del asesino dirigir el arma contra el cuerpo de El General, ella se interpuso entre ambos hombres con lo que el cuchillo se clavó una vez en su región abdominal. Sin embargo, para fortuna de la mujer, el arma blanca no penetró lo suficiente en cuerpo ya que la gruesa tela del corsé que vestía lo impidió,114 y sólo le ocasionó una herida que no puso en riesgo su vida.

Aun así, ella dio prueba de estar dispuesta a dar su propia vida por la de su esposo, a quien había conocido más de veinte años antes en las cercanías de Olas Altas.

FUENTE: Érase Una Vez En Mazatlán. Antonio Lerma Garay. 2010. Todos los derechos propiedad de Jesús Antonio Lerma Garay.

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