El palenque y sus peleas de gallos, un juego de azar con profundas raíces folklóricas

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Pintura al OLEO de PELEA DE GALLOS por MR. ZALAS.

Por Juan Lizárraga Tisnado. NOROESTE-Mazatlán, 4 de febrero de 1982.

Para muchos mazatlecos que presumen de recatados y de tener apego a las buenas costumbres sociales, el palenque es sólo un modo fácil de enriquecerse defraudando a ingenuos, fuera de la ley, o un coso donde se alimenta el sadismo humano al ver morir salvajemente a los gallos, o un simple antro para embriagarse mientras se presencia al artista popular.

En menos que canta un gallo (que se mata, diríamos, para estar más a tono con el caso), trataremos de demostrar que estas apreciaciones son una venda transparente, una cortina de humo producida por los prejuicios, que no dejan ver claramente lo que en realidad es el palenque: un juego de azar, innegablemente, con profundas raíces folklóricas, que se ha afianzado en la tradición del pueblo de México, aunque quizá no sea la pelea de gallos originaria de este país, por un lado, y por el otro, una empresa difícil y arriesgada, desde el punto de vista mercantil.

¡Y aquí está ya el palenque, señoras y señores! Sí. Con su canto, el gallo nos anuncia el final de las dudas nocturnas y el comienzo del amanecer con sus respuestas claras. Que sirva el palenque mismo que funcionará del 4 (de hoy) al 23 de febrero, para que el mazatleco se entere de la verdad que enunciamos en el anterior párrafo y sirvan las siguientes letras para que se tenga una apreciación previa antes de estar en la “función”.

Es necesario crear el ambiente antes de llegar al clímax que significa el ver frente a frente a los gallos, dispuestos a quedar en la raya con el pecho, o con el cuello, o con un ala, o con una pata, partida con la navaja del adversario.

Un mariachi da siempre sabor mexicano a la fiesta desde hora temprana, se hacen diferentes rifas y los asistentes se sensibilizan hacia la apuesta. Ya ganaron en las rifas y quieren multiplicar sus ganancias, ya perdieron en las rifas y quieren recuperar lo perdido.

Se llega el momento culminante que habrá de repetirse por varias veces. Se despierta un nacionalismo erróneo al ver pelear a los gallos, se crea la ilusión de que estamos viendo un juego nacional, más los antiguos griegos no sólo apostaban a sus colosos, sino también a los gallos.

Los dueños y manejadores de los gallos se identifican como partidos, el verde o el rojo. El gallo ya está presto para pelear, para eso ha sido adiestrado. Dicen que su combatividad se debe a un celo machista, que el gallo es incapaz de pelear si no ha saboreado el amor, que se le deja sentir el placer con quince o veinte gallinas durante seis meses para comprobar su aptitud para la lucha, y en ese lapso siente tal admiración por el sexo opuesto, que se enardece, se siente único y está dispuesto a enfrentarse a muerte contra cualquier otro ejemplar, aunque sólo sea para causar buena impresión a sus compañeras, o para asegurarse de que no tendrá competidor.

Puede no ser así, pero los gallos están listos a morirse donde sea. “La Mona”, gallo viejo, destruido tal vez en una, quizá en muchas batallas, los “calienta”, les da el último entrenamiento que recibieron durante tres semanas antes; caminaron sobre un colchón, saltaron, recibieron su alimentación especial, tuvieron encuentros entre ellos mismos, pero sin navajas y con el espolón cubierto. Descansan.

Llegan al palenque y antes de entrar en acción, son pesados por los jueces y deben pesar entre un kilo 900 gramos.

No a cualquiera se le arma. Para ello debe “dar pata” y los mismos jueces de arena miden las navajas y las ponen sobre las “botanas”, una pieza de madera cubierta de cuero con el orificio para el espolón. Luego “se chilla”, se enardece con “La Mona”, pero con la navaja enfundada.

Se hace el mismo procedimiento con el rival. Ambos están ya encrespados.

Los espectadores dejan de crispar sus manos y cruzan apuestas. “¡Mi gallo es el giro!”, “¡El colorado es mi gallo!”. Ya están los animales trenzados, pico a pico, pata a pata, pluma a pluma. Saltan, caen heridos al suelo, se recuperan y continúan con la lucha. Habrá aquellos que al primer encuentro reciben la muerte o se dará el caso en que tras larga lucha quedan los dos tendidos, llenos de sangre, con miembros amputados tirados en el suelo.

Pero uno debe morir.

El vivo, lisiado o tuerto, podrá servir como semental para continuar la tradición o se convertirá en “mona”.

El mariachi vuelve a tocar, se presenta un artista de calidad y de renombre nacional y al concluir termina la función con otra pelea o las que el público pida.

Se gana o se pierde y mueren los gallos. Aquí no interesa la historia que encierra el canto del gallo que tal vez despertó a Adán. Aquí se reconoce el valor ciego contra los enemigos en sus plumas encrespadas.

Así lo quiere el hombre.

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