“Los churros”, bocadillo tradicional de invierno. Estampa del Mazatlán de hace 40 años

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Por Juan Lizárraga T. NOROESTE-Mazatlán, 30 de enero de 1982.

El invierno en Mazatlán viene siempre acompañado de innovaciones en los gustos de la gente: se viste diferente, las actividades son otras a las del verano, como las imágenes naturales que ven nuestros ojos.

Y, ¡por supuesto!, el paladar disfruta de cada bocadillo exquisito, como los churros, cómica golosina azucarada que es delicia de niños y adultos, de mujeres y hombres.

No discrimina los labios cursis de las señoritas de alta sociedad, ni falta en la boca hambrienta del bolero o del vendedor de chicles.

Créamelo, lector. Ha sustituido al taco, aunque no es tan nutritivo.

“Vamos a echarnos unos churros”, se dice ahora en lugar de los tacos, y continúa con su golosa tradición hogareña.Algo de misterio existe en el origen de tan sencillo dulce.

Francisco Pérez, quien tiene como 20 años de atrincar la churrera a la gigantesca ampolleta, nos platica que en alguna ocasión que fue a Estados Unidos (da para eso), en Disneylandia vio unos churros anunciados en inglés y al preguntarle a un familiar sobre el significado le dijo que quería decir “chorro”. Quizá ahí tenga su origen, más la patente ignoramos de quién sea.

UNA HISTORIA CHURRIGUERESCA

Francisco Pérez vende churros afuera del Cine Reforma desde hace como 20 años. Él llegó a Mazatlán procedente de Guadalajara y trabajaba como pintor. ¡Caray! Aunque se doblara de turno, aunque trabajara de día y de noche, no le alcanzaba el salario para su familia, que, dicho sea de paso, crecía día con día.

Un amigo suyo, que vendía churros, al observar que por más que Francisco quisiera aumentar su sueldo diario de 25 pesos con trabajo extrajo extra, no le alcanzaba para su sustento, le dijo que le buscara por otro lado, en los churros, por ejemplo.

Y he ahí que este señor, un buen día se fue a divertir de vacaciones y encargó el negocio a Francisco.

¡Le fue bien! Cuidó la carreta frente al Teatro Ángela Peralta: vendiendo los churros a 20 centavos entre 35 a 40 pesos diarios en un ratito.

Volvió el dueño del negocio y como vio entusiasmado a Francisco, le regaló instrumentos para que trabajara por su cuenta. Lo hizo. Se instaló primero por la calle Zaragoza, frente a Laveaga. Algo raro sucedía. Sólo vendía los sábados y los domingos, por lo cual buscó un sitio mejor, donde está ahora. Ahí sí, diario vende.

Perdón, no vende diario; sólo en las temporadas de invierno. ¿Quién va a comprar los churros calientes en verano?, se pregunta él mismo.

ASÍ SE HACEN LOS CHURROS MEXICANOS

Mientras entrevistábamos a don Francisco Pérez, gentes de todas las clases sociales, a pie o en coche, se le acercaba. “¿Están calientitos?”, le preguntaban.

Los despachaba. Tomaba churros ya elaborados de un cazo, les untaba mantequilla y azúcar y listos para comerse, solos o con leche fría. Se terminaban los del cazo y preparaba más. La mezcla: harina cocida en agua y con sal, ya la trae preparada. Llena la churrera con la mezcla, la toma con sus dos manos, se la atrinca hacia el pecho y sale el churro, que cae en un cazo con aceite hirviendo, después de un corte de navaja, quirúrgica y calculadoramente medido. Se fríe y ya está listo.

Pero los churros ya no valen 20 centavos, sino dos por cinco pesos. No han sido ajenos a la inflación. El aceite vale 44 o 45 pesos.

Son caros y sabrosos ahora los churros, no nos explicamos entonces por qué a las películas cinematográficas se les llama “churros” cuando carecen de calidad o cuando no sirven para nada.

Aquí se comete una injusticia contra la democrática golosina. Al calificar la historia de don Francisco como churrigueresca, lo hicimos con la intención de reivindicar al churro, pero está mal usado el término, ya que éste se deriva del arquitecto José Churriguera y se aplica a los estilos arquitectónicos que superan al barroco en su ornamentación.

No importa. Nadie se va a morir por eso. La vida está llena de injusticias, de flores con espinas y al fin de cuentas lo positivo, el mejoramiento humano, la bondad, las cosas bellas, son mayores.

Si no lo cree así el lector, que coma churro.

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