DUELO EN ‘LA CRÓNICA’ DE CULIACÁN por el deceso de ADRIÁN ZAVALA NÚÑEZ

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  • Sentido adiós de su colega Mario Alvarado.

ADIÓS PEDRO ADRIÁN ZAVALA NÚÑEZ, MI QUERIDO PETER BOY

¡Qué duro!, qué amargo regalo nos dejó este pinche año que terminó con esta desgracia. Me quedo meditando en ello y no puedo evitar que se me suelten las lágrimas.

Te has marchado Pedro, te has marchado Peter. Es difícil de creerlo, pero es cierto… Dejaste tu traje terrenal para ponerte el del cielo, sin despedirte de nadie, no avisaste de tu vuelo. Cruzaste sigiloso la estancia; marchándote solo, en silencio.

Desde el sábado pasado me dio una corazonada… y por eso te marqué a ver qué diablos pasaba, porque no entrabas al grupo, porque nada comentabas. Tú, que eras todo risa, todo festejo, toda carcajada, de pronto quedaste mudo; me hablaron de varios grupos, en todos se te extrañaba.

¿Dónde está Pedro Zavala? ¿Por qué no comenta nada? Díganle que lo extrañamos.

Y por fin me contestaste a la décima llamada. Tu voz sonaba muy triste, muy apagada y lejana. Recuerdo que me dijiste que había un mal que te aquejaba desde unos tres días atrás y que no se te quitaba, que tomaste medicinas que no sirvieron de nada; pero estabas animoso, aunque acá yo te escuchaba batallando al respirar, y a pausas me comentabas lo que sentías de ese mal. Tú que nunca te quejabas.

Las llamadas continuaron y a todos les comentaba nuestra charla sostenida y ya los tranquilizaba; sabían algo de perdida, pero nunca imaginaron, ni yo en esta renga vida, que sería la ultima vez de escuchar tu voz tranquila.

El domingo te internaron. Se agravó la situación y entonces sí, no hubo nada, pues nadie me contestaba. Hasta David ignoraba cuál era tu situación. Él pudo comunicarse y de todo me informó. Ni un solo presagio bueno. Desde entonces estuvimos al pendiente y en cada oración te tuvimos presente, esperando con fervor que aparecieras sonriente, luciendo tu buen humor.

Esta mañana, al despertar con la esperanza del nuevo año y encender mi teléfono, quedé perplejo en la cama con la tristísima noticia de que tú, mi amigo el Peter, sí, el tremendo Peter, habías fallecido, así, sin más ni más.

No pude moverme, ni decir nada. Qué podía decir, ¡qué podrían decir mis ansias!, si aquello, bien lo sabes, me partía el alma. De pronto, tu imagen se me reveló y como si reaccionara me dije a intervalos:

¡Deja de chillar Mario, ya deja de chillar, con una chingada y enjuga tus lágrimas! La muerte, es seguro que la muerte es mujer y también es seguro que de ustedes tuvo celos, y vino a pedir que compartan con ella a su amigo, que era suyo, sus penas, sus dichas, sus charlas, sus ansias, así que no riñas con ella, te aseguro que lo ama, porque el Peter con todo mundo se dio a querer, además si bien es cierto que se llevó su cuerpo, también lo es que con ustedes se queda su alma.

Pero la verdad, pinche Peter, cómo me dueles. Cómo te quiero cabrón. ¿Por qué diablos tuviste que irte cuando venía lo mejor?

Se me agolpan los recuerdos, las risas y los cafés, los viajes, las alegrías, las charlas y tantas otras cosas que ahora mismo no recuerdo, porque una pérdida absoluta enloquece nuestra racionalidad, ya que nos cuesta convivir con la idea de que lo que se fue no volverá jamás

¿Alguna solución? ¿Una receta para que el extremo trago amargo se vuelva más pasable? Ninguna; sólo un proceso tortuoso, con progresos y retrocesos.

Pero te puedo decir que aun en esta sordidez inesperada, sí se me viene a la cabeza este poema de Rubén Darío con el que desde ahora y para siempre te alío porque te describe a la perfección:

Este del cabello cano | Como la piel del armiño | Juntó su candor de niño | Con su experiencia de anciano | Cuando me pongo en la mano | Un libro de tal varón | Abeja es tal expresión | Que volando del papel | Deja en la mano la miel | Y pica en el corazón.

Adiós, adiós, mi querido y entrañable amigo, Peter Boy.

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