Un poco de historia sobre el origen del actual tianguis de ‘las changueras’…, 40 años antes

0
295
  • El changuerismo, trabajo riesgoso pero… honrado y muy poco común

Escrito por Juan Lizárraga Tisnado y publicado en NOROESTE-Mazatlán el 2 de diciembre de 1983.

La mirada inquieta siempre, porque para ellas sí: “camarón que se duerme se lo lleva la corriente” y tienen que cuidarse porque simplemente se les recoge el producto y no importa si comerán, ellas y su familia.

El hostigamiento ha sido duro ahora… de parte de la Policía Municipal y de Tránsito. Más ahí están con su misión heroica de ganarse unos centavos para sobrevivir a la vez que ponen en la boca del mazatleco el tesoro del que se jactan los gobernantes y que disfrutan sólo los pescadores controlados: el camarón.

Que las corren de la Aquiles Serdán esquina con Melchor Ocampo, le dan vuelta a la hoja y se ponen por la Melchor Ocampo. Otras se lanzan a las colonias a venderlo a grito abierto: “¡Camarón a 250 el kilo!” y a 300 pesos y a 500!, según el tamaño.

Platicamos con ellas. Y les seguimos guardando el anonimato. Es la humildad femenina, la mujer del campo que trata de ganarse la vida, que tiene su casa pobre a la orilla de las pesquerías, la madre soltera, la madre con muchos hijos que ayuda a su marido porque su jornal no le alcanza.

Es el mismo cuadro, de Villa Unión hasta Escuinapa.

Se despiertan antes que el sol. A veces a la una de la mañana. Se introducen por los parajes tan conocidos por ellas, entre el monte, buscando a su cómplice, el pescador libre, ése al que ni las cooperativas tradicionales, ni las de nueva creación le han querido dar la oportunidad de repartirse el botín que les ha dado la naturaleza.

¡Cuidado!, que pueden venir los Marinos.

Encuentran al pescador libre. Empieza el regateo. Comprarán, según el tamaño, a 200, 250 y 300 pesos el kilo para venderlo por las calles a una suma un poco más alta. Compran de 10 a 30 kilos que transportan en modestos baldes.

Y más cuidado. ¡Un Marino! A correr. Son bravos estos Marinos. Ya han golpeado gente, las han sacado de sus casas, les quitan el camarón y no les dan ni un cinco. Muchas mujeres tienen la cara surcada de raspones que les hacen las ramas cuando se esconden entre ellas.

Alcanzan la carretera. Suben al camión pasajero y si el chofer es cuate tocarán puerto, si no, pues él mismo las entregará al retén, ahora de inspectores de Pesca y de la Policía de Caminos. Correrán la misma suerte.

Al fin en la ciudad, se dedican a lo suyo. No piden nada. Venden camarón.

Y no se crean que se instalan nomás porque sí en las calles. Tienen permiso que les cuesta 54 pesos por cabeza o por balde. El ayuntamiento lleva su parte, sin embargo, en los últimos días, patrullas de Tránsito y de la Policía Municipal las han castigado.

“Es una vida martirizada la de nosotras y todas lo hacemos por necesidad, porque la agricultura no da para comer”, dicen las mujeres.

Pesca no quiere saber nada de ellas. Dentro del campo pesquero, ellas son lo mismo que las prostitutas en el ámbito sexual: un mal social.

Se desentienden de ellas y los que realmente se benefician de la pesca del camarón, los cooperativistas, tampoco toman cartas en el asunto.

Algún día se les dejará trabajar libremente, pero mientras tal cosa suceda, estas mujeres merecen el respeto de los mazatlecos y los mexicanos, pues gracias a ellas es que probamos el camarón en nuestros hogares, aunque sea de tamaño chico.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí