Pedro Loza y Pardavé, VIII Obispo de Sonora y Sinaloa. Mártir de la causa cristiana

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  • Nació en la ciudad de México el 18 de enero de 1815; murió el 15 de noviembre de 1898 en Guadalajara, Jalisco.

Por Lázaro Pavía. https://arquidiocesisgdl.org/boletin/2015-3-4.php

Uno de los más antiguos sostenedores de la religión católica en México es sin temor de equivocarnos el señor don Pedro J. de Jesús Loza y Pardavé, hijo de don Juan Evangelista Loza y de doña María de la Concepción Pardavé. El señor Loza nació en la ciudad de México y fue bautizado en la parroquia de San Pablo el mismo día de su nacimiento.

Hizo sus primeros estudios preparatorios en esta arquidiócesis, obtuvo el grado de bachiller en filosofía el día 16 de enero do 1833, y el de bachiller en Cánones el 29 de agosto de 1837. Recibió las órdenes sagradas en Culiacán en 1838 del ilustrísimo señor don Lázaro de la Garza y Ballesteros, a la sazón obispo de Sonora, y más tarde arzobispo de México. Su primera cantamisa la hizo nuestro biografiado el 19 de marzo del mismo año en que fue ordenado.

Desempeñó las cátedras de Filosofía y Cánones en el Seminario Conciliar de Sonora; fue Rector del mismo establecimiento y Secretario del gobierno eclesiástico de la diócesis. Cuando el señor De la Garza fue llamado a la mitra de la capital, el señor Loza quedó al frente del gobierno de aquella iglesia.

Fue preconizado obispo de Sonora el 18 de mayo de 1852, y no creyéndose, por su excesiva modestia, capaz de poder atender concienzudamente a las obligaciones episcopales, huyó del estado y llegó a la ciudad de Puebla, donde no se tenía noticia de que fuera el llamado a ocupar el obispado de Sonora. Una vez en la ciudad angélica, solicitó y obtuvo la plaza de capellán de coro, hasta que fue descubierto por el señor De la Garza, quien le persuadió al fin para que aceptara la mitra de Sonora y lo consagró en la iglesia de San Bernardo de aquella ciudad, a la edad de 37 años, el 22 de agosto del mismo año. El señor Loza tomó posesión de su cargo el día 5 de diciembre próximo.

Siempre la Iglesia ha sido perseguida por el Estado, y los hombres que se han dedicado al servicio de ella han sido víctimas de los odios y de la tiranía de los gobernantes que no han sabido interpretar firmemente su misión para independizar los dos gobiernos, el civil y el eclesiástico.

Los pueblos necesitan libertades, y una de ellas es la de la conciencia; pero para proporcionárselas no es indispensable perseguir a los hombres que se hacen de esas conciencias, llevando a ellas la convicción y la verdad.

El ilustrísimo señor don Pedro J. de Jesús Loza y Pardavé fue uno de esos mártires de la causa cristiana en las épocas en que, tratándose de implantar la Reforma para México, se andaba en pos de víctimas a quien perseguir para hacerlas sufrir las consecuencias de su vocación, ni más ni menos que en Francia eran perseguidos los sostenedores de la monarquía y llevados a la guillotina, únicamente porque estaban bajo el dominio del pueblo y no querían prevaricar de sus creencias políticas.

En 1858 el Ilustrísimo señor Loza fue desterrado por el general Corella. Al siguiente año, y después de un largo cautiverio en Horcasitas, lo desterró nuevamente a la Alta California el general Coronado, y por último sufrió dos destierros más en 1860 y 1866. Durante las épocas calamitosas de las guerras de Reforma, Intervención y el Imperio fue uno de los prelados que más sufrieron, y aunque tanto contratiempo hizo resentir su salud, siempre se mostró inquebrantable en el desempeño de su augusta misión.

A tan distinguido prelado se debe en Sonora la construcción de la casa episcopal y el establecimiento de varias iglesias.

En el Consistorio del 22 de junio de 1868 fue trasladado el señor Loza a la arquidiócesis de Guadalajara, donde llegó procedente de San Francisco de California el 10 de febrero de 1869. Tomó posesión de su nueva sede el 23 de mayo siguiente.

Muchas fueron las dificultades serias con que tuvo que tropezar al principio de su nuevo gobierno el señor Loza; pero debido a su exquisita prudencia y a su celo cristiano, aquellas dificultades fueron desapareciendo, y muy pronto el arzobispo de Guadalajara pudo conquistarse la estimación y el amor de sus diocesanos.

Nombrado para asistir al Concilio Vaticano, marchó a Roma. Regresó a su diócesis en 9 de febrero de 1871.

Innumerables servicios e importantes mejoras se deben al ilustrísimo señor Loza. El restablecimiento de los concursos y el de la enseñanza de la Filosofía moderna, la fundación de escuelas parroquiales y de la Academia Pontificia en Guadalajara hechos son que acrediten el empeño con que trabaja el digno arzobispo en pro de la tranquilidad y progreso espiritual de los fieles.

Sobre todas estas ventajas debemos hacer especial mención de un periódico quincenal que el Ilustrísimo señor Loza tiene establecido y cuyo objeto no es otro que fomentar la instrucción del clero y fijar a sus súbditos las reglas de la conducta que deben observar.

El señor arzobispo de Guadalajara es un gran latinista; posee perfectamente las ciencias matemáticas, tiene profundos conocimientos en Filosofía y sus dotes oratorias hacen de él un predicador docto y admirado.

En una palabra, la vida del ilustrísimo señor doctor don Pedro J. de Jesús Loza y Pardavé daría tema para un grueso volumen y está enteramente relacionada con la historia eclesiástica de medio siglo en las regiones occidentales, de México.

Hombres como el de que atrevidamente nos hemos ocupado no necesitan biógrafos; sus mismos hechos bastan a darles a conocer para que su nombre se inmortalice. Pero nosotros, llevados de un justo sentimiento de admiración por aquellos sacerdotes que más se distinguen tanto por sus cualidades cuanto por su vasta instrucción, no hemos querido enmudecer ante la figura respetable del señor Loza, y hemos dejado correr nuestra pluma para tributarle un homenaje de respeto que sabrán estimar los justos apreciadores del arzobispo de Guadalajara.

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