El incendio de ‘El Avante’ en 1984 y el intento fallido por darle vida de nuevo

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Juan Lizárraga Tisnado. NOROESTE-Mazatlán, a 16 de noviembre de 1984.

Aquí, la bohemia mazatleca se manifestaba espléndida: periodistas, locutores, políticos fracasados y con complejo de proletarios, maestros normalistas, algunos universitarios, buscaban la quietud bohemia de El Avante, la que había sido la cantina más antigua de Mazatlán.

La noche del sábado 10 de noviembre, el fuego destructor salido de quién sabe qué descuido o de qué manos malignas, arrasó con una gran parte de la nostalgia materializada en la misma cantina, que será nostalgia nueva y en el espejo donde se vieron muchas y variadas caras; un radio viejo de un barco más antiguo todavía; la radiola donde sonaban de vez en cuando unos valses clásicos, en medio de la música popular, del campo y moderna; la barra desde donde el Juanjo, capitán y dueño de ese barco, sacaba de su naufragio a los ebrios impertinentes y escandalosos o se recargaba retorciéndose de la risa por el chiste, por el cuento, por la anécdota política; también destruyó el fuego antiguas, muy antiguas y evocadoras fotografías.

Fuego de la nostalgia. Se iba ahí por la soledad, no como enfermedad del ánimo, sino como situación. Por estar solos, tranquilos y por disfrutar de la nostalgia, para sentir, callada, severamente, ese pesar que produce la ausencia de lo antiguo, aunque estaba presente en el espejo, en la vieja barra, en la música, en el radio.

Se hizo cenizas esa nostalgia y surgió una más: la tristeza por El Avante que ya no será el mismo. Muchas cosas le faltarán.

Ya los parroquianos tratan de echarla a andar de nuevo.

Se las arreglan de mil formas para que sirva de marco a la altivez posesiva, pero lúcida, de Juanjo, a la parquedad de Juan Simón, a la seriedad de El Samy, a la excelsitud de Pancho López y de don Chuy, a las peripecias del Profe Leos, a la excentricidad y carisma del Poncho Ceballos, a las anécdotas de Dámaso Murúa y de su hermano, a la complacencia del Borrego Flores, a la desenvoltura del Joselillo, a la esplendidez de Manuel Meléndez, a todos los amantes de las tertulias dominísticas a las que han sido muy afines los periodistas Rafael Franco, Víctor Flores, Tomás Galindo, Fernando Zepeda y el publicista Luis Alonso Enamorado.

Estos fanáticos de la soledad, de la nostalgia, pero más que todo del dominó, se apresuraron para que El Avante no se pierda y quede como un recuerdo triste más del antiguo Mazatlán perdido.

Hágasele honor al nombre, Avante, al que la gramática define como un adverbio que significa adelante.

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