Cipriano Obezo Camargo, maestro, periodista y cuentista. Polifacético sinaloense

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Foto: Revista Presagio, autor Guillermo Sierra.
  • Nació el 26 de septiembre de 1918 en Alhuey, Angostura; falleció el 30 de abril de 1995.
  • Líder estudiantil, agrario y magisterial, comunista, brillante poeta, padre abnegado, locutor, periodista, excelente cuentista y sinaloense distinguido.

Todo el pueblo de Alhuey escuchó el estruendoso chillido que pegó al nacer Cipriano Obezo Camargo, aquella madrugada del lejano 26 de septiembre de 1918.

La gente se asustó creyendo que era el estallido de una bomba infernal o la estampida de una manada de elefantes, pues tal fue el ruidajo que armó el que después sería el orgullo de los alhueyenses.

Junto a la cama de correones donde había venido al mundo, además de sus felices padres, se encontraban el mayo Lencho y el tío del susodicho, quienes jamás se separarían de su vera ni para ir a hacer popó.

Casi de inmediato el robusto chato bebé empezó a decir palabras y a hilvanar frases chuscas que movían a risa y aplausos, entreveradas con una que otra maldición no apta para oídos pudibundos.

Gateó. Como cualquier otro infante de su edad, pero con la diferencia de que éste se arrastraba con pies y manos a una velocidad de vértigo, como si lo persiguieran para darle una purga de ricino.

Aquí entre nos, Cipriano nunca perdió esta hermosa afición al juguetón deporte de la gateada, que siguió practicando con deleite hasta que sus sienes habían sido cubiertas por las nieves del tiempo.

Al poco chico rato principio a jugar a los encantados y a la cebollita, a ir a la escuela y a decides piropos y versos a las niñas bonitas de Alhuey.

Dotado de una despierta inteligencia y una memoria de paquidermo, siempre fue el primero de su clase tanto en la primaria como en las aulas de estudios superiores.

Cipriano tenía en la punta de los labios la broma o el chascarrillo, la traviesa puntada o la puya sarcástica de doble sentido.

Nadie nunca se cansó de oírlo narrar el cúmulo de graciosas, ocurrentes e inverosímiles anécdotas que había asimilado durante su larga y fructífera vida.

Tenía una mirada y una nariz de águila escudriñadora y oteadora, que en más de alguna ocasión utilizó para rastrear la iguana o la liebre para comerlas.

Al mal tiempo le ponía buena cara Yo raramente lo vi enojado u ofuscado por algún problema que se le hubiese presentado, salvo cuando no tenía el chivo para dar de comer a su numerosa prole.

En todo, durante su fructuoso paso por este mundo, Cipriano se defendió como gato boca arriba con una agilidad, sapiencia y valentía que sólo se da en el hombre que está acostumbrado a velar muertos con cerillos y que no se asusta ni con el mismo diablo.

Poseía un talento y una perspicacia fuera de serie que se desbordaba como río caudaloso que arrasa con todo en plena época de lluvias.

Hablando o escribiendo vertía su sabiduría su ironía con una sutileza y gracejo sin igual.

Para Cipriano no tenía secretos el idioma español y el habla de los indígenas de Angostura, con quienes de cerca convivió, asesoró y sirvió cuando fue maestro rural en su tierra, en una etapa que él llamó la mejor y más hermosa de su existencia.

Primero como maestro normalista y después como licenciado en leyes, carreras que hizo con muchos sacrificios, dio cátedra de altruismo, integridad y honestidad profesional.

Fue un orador de grandes recursos. En la polémica no tenía rival. Hacía rodar por los suelos al osado que se le enfrentara,

Como servidor público, siempre en el ámbito educativo, fortaleció y amplió los esquemas de la enseñanza en Sinaloa.

Ameno y ágil comentarista radiofónico, periodista veraz y de acrisolada conducta, historiador y escritor costumbrista, hizo escuela con sus valiosas aportaciones literarias contenidas en su rico anecdotario, extraído con amoroso y paciente afán de las entrañas mismas del alma del indígena su querido Angostura.

Como todo escritor pobre sufrió la pena negra para editar sus textos. Para ello muchas veces tocó puertas que nunca se abrieron. Los mecenas siempre brillaron por su ausencia. Cipriano, desesperado, tuvo que utilizar el mimeógrafo para dar cima a sus propósitos editoriales.

Finalmente, en la última etapa de su vida, a duras penas logró cristalizar a media la edición de parte de sus obras, dejando inconclusas algunas otras que ojala algún día sean objeto de divulgación para solaz de quienes somos afectos a la lectura de buenos libros.

Cuatro son los títulos que dejó impresos dentro del género de la poesía, la historiografía y la cuentística: Lira andariega, Los viejos barrios de Los Mochis viejo, Ahora sí ya le entiendo al Mayo Lencho y Tras la huella del indio.

(Escrito por José María Figueroa Díaz. Lea el artículo completo en http://sinaloamx.com/cipriano-obezo-camargo-gente-sinaloense/).

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