El suicidio en el Hotel Belmar de Eathyl Vera Meier, esposa de Abelardo L. Rodríguez, el 25 de septiembre de 1922

0
1167
  • En sus memorias, el futuro presidente de México narra los sucesos precedentes al estado depresivo que causó la muerte de la dama.

Mi segundo  matrimonio  fue trágico.  Casé  con Eathyl Vera Meier, hija de Lucy Bourell y George Meier. Había nacido en Chicago. Su padre era de nacionalidad alemana y su madre francesa. Eathyl tenía un hermano y una hermana menores que ella. La conocí en San Diego, California, en cuyo lugar se había radicado su familia y casamos en Caléxico, en agosto de 1921. A la sazón era yo comandante de las Fuerzas en el Distrito Norte de la Baja California y pocos meses después se me designó jefe de Operaciones en el Estado de Nayarit. Nos instalamos en Tepic. Mi agitada vida militar me obligaba a abandonar la casa hogareña, dejando a Eathyl en la más completa soledad, pues ella no tenía amistades ni relaciones, particularmente debido a que no hablaba español. A esta circunstancia debe agregarse que a causa de un parto prematuro, en el que perdimos una niña, su estado espiritual era de franca depresión y tristeza.

En aquella vida solitaria no podía ser feliz.

Mis salidas eran frecuentes. Estaba obligado, a causa de deberes militares, a reconocer e inspeccionar la zona a mi mando. Hacíamos travesías por Nayarit que se repetían sin cesar. Me acompañaban los capitanes Manuel Proto y Ramón Rodríguez Familiar, con una escolta de caballería.

Vino un acontecimiento más que produjo efectos desastrosos sobre el estado espiritual de Eathyl. Parece que la adversidad nos perseguía implacablemente. Todo se antojaba como un complot para fomentar en Eathyl su debilidad anímica y todo la llevaba a una vida triste, solitaria y sin consuelo inmediato. Estaba sumida en la congoja. Se me ordenó que me hiciera cargo de la campaña de Sinaloa, en donde se había levantado en armas el general Carrasco y emprendimos el viaje a Mazatlán, en un tren mixto.

El 7 de junio de 1922, ya anocheciendo, el tren en que viajábamos rumbo al puerto mazatleco, fue asaltado por un bandolero que merodeaba en el Rosario, al Sur de Mazatlán y que, según informes que tuve después, resultó ser el “Tuerto Inzunza”. Lo seguían veinte o treinta facinerosos. En el viaje me acompañaba mi esposa y, además el capitán Manuel Proto, el de igual grado Ramón Rodríguez Familiar y un oficial del 33º. Regimiento, con su asistente. No recuerdo el nombre de ese oficial, pero sí preciso que había tomado el tren en Rosario y que el objeto de su viaje era internarse en el hospital militar del puerto mencionado porque se encontraba enfermo. Teníamos también con nosotros, dos soldados asistentes nuestros. En total y como gente de armas, éramos tres oficiales, tres asistentes y yo.

En la estación Matadero se detuvo el tren con el objeto de surtir de leña y agua a la locomotora. Los bandoleros se aprovecharon de esta parada, se apoderaron de la máquina y aprehendieron al maquinista y al jefe de vías que lo acompañaba. El fogonero llamado Francisco Hermosillo Tapia, logró escapar como pudo y rápidamente, se trasladó al coche de pasajeros para informarnos lo que acontecía, sobre todo que los asaltantes habían bajado al maquinista y al jefe de vía. Agregó que había escuchado que los bandoleros inquirían sobre quiénes venían a bordo y que el maquinista les había informado que venía yo con una escolta del 33º. Regimiento. Este engaño fue de gran utilidad, pues los tres oficiales, los tres soldados y yo, sin armas largas, los oficiales carecíamos de la fuerza necesaria para hacer frente y vencer a un grupo mucho más numeroso. Yo estaba informado verídicamente de la situación, porque había mandado a dos soldados, Juan Flores y Pedro García, que practicaran un reconocimiento y a su regreso pusieron en mi conocimiento que los asaltantes eran numerosos. Al realizar esta comisión el soldado Juan Flores resultó herido en la boca. Para plantear la defensa, que con tan exiguos elementos podía realizar, pregunté al fogonero si podía o sabía hacer funcionar la máquina y una vez que contestó afirmativamente, organicé dos pequeños grupos: uno con el capitán Proto, el fogonero Hermosillo Taía, el Capitán enfermo del 33º. Regimiento y sus asistente y el otro encabezado por mí y seguido por el capitán Rodríguez Familiar y los soldados Flores y García. Flores, ya lo he dicho, estaba herido. Según mi plan, Proto avanzaría por el lado izquierdo ocultándose entre los breñales, que eran muchos, y llegaría hasta la altura de la máquina. Yo haría otro tanto por el lado derecho. Había obscurecido.

Pusimos en ejecución el plan, favorecidos por la obscuridad imperante. La consigna era que al primer disparo, que se produjera de nuestro lado, se abriría fuego por ambos flancos, disparando sobre la locomotora y gritando vivas al 33º. Regimiento. Proto tenía instrucciones de que tan pronto abordara la locomotora el fogonero la pusiera en marcha.

La estratagema dio magníficos resultados. Hicimos tanto ruido con gritos y balazos, que los malhechores se sorprendieron y engañados como estaban acerca del número de soldados que venían en el tren, se dieron a la fuga, cosa muy común entre este tipo de gente desorganizada. Proto y el fogonero subieron rápidamente a la máquina y Hermosillo puso, de inmediato, el tren en movimiento. Por la falta de leña, que era el combustible usado en aquella época, fue necesario detener el tren cuatro o cinco kilómetros después de haber iniciado su marcha. Bajo la dirección de Hermosillo y con los asistentes, se organizó un cuerpo de ayudantes y así fue como, con muchos trabajos, logramos llegar a Mazatlán. Debo recordar que cuando realizamos la estrategma mi esposa hizo el intento de bajar del coche de pasajeros para seguirme. Lo impidió el conductor a quien le había dado instrucciones terminantes en este sentido y lo había constituido en responsable, si no cumplía estrictamente mis órdenes. Al llegar a Mazatlán fue cuando se encontraron al maquinista y al jefe de vía, que por cierto era norteamericano, encerrados en uno de los furgones de carga.

Este episodio minó todavía más el estado de ánimo de Eathyl. La impresión que sufrió con la balacera y la gritería fue tremenda. Tuvo una experiencia insólita en tierra extraña. Nunca llegó a creer que un acontecimiento de esta clase le sucedería y sobre todo, durante el episodio, había vivido momentos de intensa zozobra y gran alarma, porque yo no pude regresar inmediatamente a los coches de pasajeros y reunirme con ella, lo que hice hasta el momento en que el tren paró para abastecer a la máquina de combustible. Me es imposible precisar cuánto tiempo duró esta impresionante aventura.

Al día siguiente de nuestro arribo a Mazatlán me hice cargo de la Jefatura de Operaciones de Sinaloa, bajo las órdenes del general Angel Flores, que era el jefe de la zona que comprendía Nayarit, Sinaloa y Baja California.

El general Flores era conocedor del terreno donde operaba Carrasco, a quien teníamos órdenes de combatir. Inmediatamente formulamos el plan de campaña. Después, el propio general Flores, me presentó a todos los jefes de corporaciones que estarían a mis órdenes y desde luego nos pusimos en movimiento.

De nueva cuenta vinieron mis salidas de la población. Me ponía al frente de la tropa, especialmente cuando presumía que combatiríamos al cabecilla rebelde. No hay duda que estas expediciones eran peligrosas y Eathyl lo sabía. Durante mis ausencias volvía a quedarse sola, ahora en la habitación que teníamos en el hotel Belmar y su ánimo había pasado de una profunda tristeza y desconsuelo, a una silenciosa desesperación. Estaba acostumbrada a la vida de las grandes ciudades, con sus centros de diversión y añoraba profundamente el trato con sus amistades, que de encontrarse próximas a ella, le hubieran servido de desahogo o, quizá, hubieran cooperado a reconfortarla. El cambio de su vida era radical y con todo y todo jamás hacía comentarios, ni se quejaba. Era una mujer que sufría en silencio. Siempre me recibía aparentemente contenta y jamás me hablaba de sus tristezas. Nunca tuvimos diálogos desagradables ni llegamos a decirnos palabras descorteses. Nos respetábamos mutuamente y era para mí motivo de gran preocupación su aguda nerviosidad que tenía ya las proporciones de una crisis mental. Eathyl estaba muy delgada y lo único que llegó a decirme fue que dudaba de mi cariño y que, probablemente, estaría yo más contento entre los míos. Le contesté que comprendía y justificaba su estado de ánimo y le aseguré que las cosas cambiarían cuando terminara la campaña emprendida y, que esperaba sería pronto. Ni aun estas palabras mías llegaron a servirle de consuelo y su desesperación iba en aumento.

Cuando yo no salía del puerto me levantaba muy temprano y me iba al cuartel general para recibir partes y dar órdenes. Terminada  esta  función, regresaba  al  hotel  para desayunar con Eathyl. Esto era ya rutinario en mi vida. El 26 de septiembre de 1922, me encontraba desde las primeras horas del día y como era costumbre, en el cuartel general. Me acompañaban el capitán Rodríguez Familiar y otros oficiales. Se presentó un mozo del hotel e informó a Rodríguez Familiar que venía mandado por la oficina de la administración, con el propósito de comunicarme que se había escuchado una detonación producida en mi alojamiento y que era conveniente que fuera desde luego. Inmediatamente nos trasladamos al Belmar y al abrir la puerta de mi habitación, vimos a Eathyl tendida en el suelo. Se había suicidado. Se trasladó el cuerpo a la casa del mayor Rueda Magro, quien era del Estado Mayor del general Flores y allí se preparó el cadáver para enviarlo a San Diego. Lo acompañó el mayor José María Taía, jefe de mi Estado Mayor y lo entregó a sus padres para recibir sepultura. Esta se efectuó en presencia del papá de Eathyl, George Meier, quien recomendó que en la lápida se pusiera el nombre y la fecha del fallecimiento. Así terminó, trágicamente, mi segundo matrimonio. A mí me fue materialmente imposible acompañar al cuerpo, por razones del servicio militar, que no me permitía abandonar la campaña en esos días.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí