DR. JESUS RODOLFO ACEDO CARDENAS, combatió a la lepra en Sinaloa

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  • Nació en Mazatlán el 14 de marzo de 1906; murió el 18 de septiembre de 1998 en Culiacán.

Sus padres fueron don Jesús M. Acedo y Beatriz Cárdenas de Acedo. De cinco meses de edad fue traído a Eldorado por sus abuelos. Hizo sus estudios de primaria en Culiacán con la profesora Dolores Vega y el profesor Reynaldo González. Sin concluir la primaria, el ingeniero Juan de Dios Bátiz lo sometió a examen de admisión y lo hizo ingresar a la Universidad de Occidente en 1918, donde cursó la preparatoria.

Debido a problemas económicos empezó a trabajar en el laboratorio de análisis industriales del ingenio azucarero de El Dorado como ayudante de un químico alemán. Alejandro Redo, dueño del ingenio azucarero, trató de enviarlo a Cuba para que aprendiera más de la industrialización de la caña. Hizo el viaje en barco de Mazatlán a Colima, de Colima a México, y de México a Veracruz en tren. Hasta allí llegó: una huelga de estibadores le cerró la posibilidad de embarcarse rumbo a la Habana.

Agotado el poco dinero que llevaba, regresó a la ciudad de México, se encontró con Emigdio Flores Sarmiento y Antonio Gaxiola y Verdugo, y entró junto con ellos a la facultad de medicina de la Universidad Nacional de México. Redo lo becó, junto con otros estudiantes. Pero en el cuarto año de la carrera, Redo murió y lo dejó desamparado.

Tuvo que sufrir muchas carencias. Terminó la carrera y su tesis versó sobre problemas mentales, ya que hizo el internado en el manicomio de La Castañeda. Tuvo la fortuna de disfrutar la amistad de la esposa del general Francisco J. Mújica, que mostró al joven médico las dolencias sociales de un país y de su capital.

Fue entonces cuando con el empuje de la juventud y la influencia social de tan ilustre dama se prometió a sí mismo servir a sus semejantes. Conoció al doctor Gilberto Bolaños Cacho, quien le ayudó a profundizar sus conocimientos sobre la conducta de los menores infractores.

En 1938 llegó a Culiacán con una comisión de Previsión Social de la Secretaría de Gobernación para crear un Tribunal para Menores. Entusiasmó al coronel Alfredo Delgado y al coronel Rodolfo T. Loaiza para proteger al niño que ha delinquido no recluyéndolo en cárceles para adultos, como venía ocurriendo, sino en reclusorios apropiados, evitando el contagio social. Los dos coroneles ayudaron al joven médico y, por primera vez en la historia, Sinaloa empezó a manejar con sentido humano el problema de los niños infractores.

Surgió la primera legislación, defectuosa y todo, que protegía a esos niños y adolescentes. Se creó el primer Tribunal de Menores y después el Refugio Infantil, antecedente del Consejo Tutelar de Menores, al que, junto con el licenciado Francisco Gil Leyva, el doctor Humberto Bátiz Ramos, y Paquita Núñez, dotó de un reglamento que continúa vigente. Paralela a esta acción generosa a favor de los jóvenes, atendió otra no menos importante: la de los enfermos de lepra.

En la década de los cuarenta había muchos prejuicios sobre tal enfermedad, los enfermos eran aislados fuera de las ciudades o en los panteones. Eran muertos en vida. Se creía que la lepra era contagiosa e incurable. El primer intento por curar la lepra, “enfermedad milenaria, inseparable del hombre, causante de infelicidad y desajuste social”, se realizó cuando Hernán Cortés, a fines de 1540, estableció la primera leprosería en México; después, en 1572, Pedro López fundó el Hospital San Lázaro.

En México, el médico recién egresado platicó con el eminente dermatoleprólogo doctor Fernando Latapí y se propuso ir al rescate de las víctimas sinaloenses de esa enfermedad, símbolo de todos los horrores y sufrimientos. El doctor Humberto Bátiz Ramos había renunciado como jefe del dispensario antileproso Ruperto L. Paliza, en 1940. Surgió su nombre como el más avocado por su capacidad y sensibilidad humana. Primera tarea suya, muy pesada y decepcionante en algún momento, fue cambiar la idea de que se trataba de una enfermedad contagiosa, incurable y hereditaria.

Aunque pocos aceptaban tal tesis, los enfermos fueron tratados de otra manera. Se usaron, por primera vez, las sulfonas y, sobre todo, se tuvo un nuevo enfoque sobre este mal. Ya no se habló de lepra sino de “mal de Hansen”. La leprosería, vecina del cementerio, cambió su nombre a Centro Dermatológico, y los enfermos, emparentados con los muertos por la cercanía, recobraron su naturaleza humana y hubo incluso mimos y atenciones increíbles, por parte del Club Apriles, que ellos no podían externar gratitud justamente por la erosión de la carne.

Sinaloa es el segundo estado con mayor número de leprosos, atrás de Colima. Ocupa ese lugar porque llegan aquí enfermos de Sonora, Chihuahua, Durango, Nayarit, Jalisco, Michoacán y ahora hasta de Oaxaca, a través de los trabajadores agrícolas estacionales; en 1985 se habían detectado 3 mil casos de lepra y 12 mil más con probabilidades de daños irreversibles.

De 1955 a 1960, el doctor Acedo Cárdenas fue rector de la entonces Universidad de Sinaloa, preocupándose por preparar a la juventud en áreas que demandaba el desarrollo económico de Sinaloa.

Fuente: Sinaloa, Historia y Destino. Sinagawa, Herberto

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