El mexicano arte de la charrería. El 14 de septiembre, día del Charro

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  • En ninguna parte del mundo se practica con tanta gallardía. Mazatlán no es la excepción.

Reportaje de Juan Lizárraga Tisnado publicado en NOROESTE-Mazatlán el 1° de febrero de 1981.

“Cuando el indio pudo tener caballos verdaderos y no sólo el de petate de Jueves de Corpus, el indio y el mestizo devinieron grandes jinetes, rivales de los españoles en el porte y la galanura. De tal modo se aficionaron al caballo, en su doma y a su manejo, que fueron asombro de cuantos los vieron”.

Es el anterior un extracto de un reportaje titulado “Las dos caras de México”, de Andrés Henestrosa, necesaria introducción para el tema del reportaje de hoy en NOROESTE, porque sintetiza su origen: la charrería.

Hay un error: no es su origen sino su embrión, ya que este elegante deporte es orgullosamente mexicano porque, sin pecar de nacionalismo trasnochado, en ninguna parte del mundo se practica con tanto arte, tantas reglas, tanta gallardía, como en México.

Sí, el gaucho pampero, el cowboy norteamericano, son también buenos montadores y domadores de caballos, pero difieren mucho de la charrería. Trataremos, mejor dicho, lo harán los charros mazatlecos, de explicar los significados del deporte del lazo y el caballo.

El licenciado Raúl Osuna Sánchez es el presidente de la Asociación de Charros de Mazatlán, a la cual están afiliados varios de sus familiares. Es que la charrería gustosamente se hereda, por eso la Asociación está integrada por familias enteras.

Han destacado en ese arte y arrastrado hacia él a sus familias, Raúl H. Cárdenas, Germán Tirado, Ricardo Medrano, Alejandro González, Manolo Osuna y Amado S. Guzmán. El lienzo charro de Mazatlán lleva el nombre de esta última persona.

Pero, ¿qué es, pues, la charrería? Estamos acostumbrados a ver a los charros sólo por admirarlos. Nos emociona ver sus trajes, sus bien alimentados caballos, sus adornadas sillas de montar y el donaire con que marchan en los desfiles cívicos.

Sin embargo, para los charros es un deporte nacional que nació en Aguascalientes; es un deporte como cualquiera en cuya práctica destaca Jalisco, porque tiene más asociaciones que cualquier Estado de la República.

El jueves pasado asistimos a unas prácticas que realizaban porque este domingo, los charros mazatlecos tienen un encuentro amistoso con los de Villa Unión.

Ahí le preguntamos a Manolo Osuna, a Fernando Rivera y a Octavio Vizcarra por qué practicaban la charrería y respondían con un sano orgullo: “porque es el único deporte auténticamente mexicano”, y es cierto. Todo es mexicano, todo es charro, sí, todo es nuevo: el sombrero de ala ancha y alta copa, el sarape abigarrado de colores, ya no es el mismo que se labra en España; los arreos del hombre de a caballo (espuelas, sillas, reatas, sogas, pial) son también distintos.

Hay la creencia errónea de que los charros son símbolo del machismo mexicano, sobre todo porque en las películas nacionales se representa al hombre valentón, vestido a la usanza charra pero para el licenciado Raúl Osuna y para todos los charros, no hay nada tan equivocado como esto.

Pudo haberlo sido en un principio, pero por cuestiones de ecología cultural, esta creencia (y esta costumbre) ha ido desapareciendo. Ahora la charrería no es otra cosa más que un deporte cuyas gracias (suertes, si se quiere hablar con precisión) son las siguientes:

  1. La cala de caballo se demuestra. Se demuestra la buena educación del animal: el brío, el buen gobierno, etcétera.
  2. Piales en el lienzo.
  3. Colas. Se busca un buen acoplamiento para derribar a un toro por la cola.
  4. Jinetes de novillo con pretal de gaza. La jineteada es una de las suertes más emocionantes de la charrería. El texano la practica, pero con una mano y con límite de tiempo. En México se practica con las dos manos hasta amansar al animal.
  5. Terna. Lazo de cabeza y pial en el ruedo, única suerte en la cual se da tiempo.
  6. Jineteo de yegua. Similar a la de novillo.
  7. Manganas a pie.
  8. Manganas a caballo.
  9. Paso de la muerte.

Se conocen todos los movimientos, pero hay que recalcar que un juez (como el de cualquier deporte) observa para que se respeten un sinfín de reglas que especifican la manera de saludar, de entrar y muchos detalles más.

Es curiosa y admirable la manera en que los mexicanos lograron tecnificar y hacer un bello arte de la montura, la doma y el manejo de los caballos, a pesar de que antes de la conquista española desconocían a estos animales porque no existían en América.

¡Vaya! Los caballos enojados, sus relinchos, llenaban de terror el alma del indígena. ¿Quién imaginaría que llegarían a dominarlos así?

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