Una centella devastó a la Quinta Echeguren el 12 de septiembre de 1944

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Juan Lizárraga Tisnado

Quienes la conocieron, inmediatamente traen a su mente los faisanes o el elegante colorido de los pavorreales. ¡Es la casa más bonita que ha tenido Mazatlán!

Desafortunadamente, nada puede hacerse por ella. El 12 de septiembre de 1944, como si quisiera borrarla para siempre, la naturaleza le envió una centella, no un rayo. La finca estaba sola. El velador, al recibir la destructiva visita de la centella, salió huyendo para salvar su vida.

Sólo quedaron los cimientos. Todo se había perdido, más por si hubiera algo recuperable, los vientos de un ciclón terminaron por reducir todo a la nada.

Y ahí está el hueco, al final (o principio) de Olas Altas, frente a lo que hoy es el Colegio El Pacífico, desde donde se contempla, sin que nadie lo discuta, la mejor vista de lo que por muchísimos años ha sido la tarjeta de identificación de nuestro puerto: el Paseo Olas Altas.

Eso fue la Quinta Echeguren.

Era la copia exacta de un castillo de Francia construido con material enteramente importado.

Sus propietarios eran españoles: Antonio, Francisco y Pedro Echeguren. Eran, en su tiempo, la familia más rica de Mazatlán. Uno de ellos fue cónsul de España.

Llegaron a fines del siglo XIX. Se instalaron primero en la esquina de las calles Sixto Osuna y Belisario Domínguez (del Oro y Principal), lo que sería la casa comercial griega llamada “Drakatos”. Enseguida ocuparon el edificio de lo que hoy es el Banco de México, donde también funcionó el Colegio Rosales.

Finalmente, habitaron la casa de Olas Altas, suntuosa residencia.

Pocas veces se encontraban los señores Echeguren en Mazatlán; aun así, su huella quedó en el financiamiento para el mercado Pino Suárez, la introducción del agua, el Banco Occidental de México, la Jabonería en la colonia Los Pinos, la fábrica de Hilados de Villa Unión, que compraría Celedonio Corvera, quien por cierto, al igual que el cónsul inglés Roberto Watson, vivió en la quinta como inquilino.

Después de la revolución, la familia Echeguren visitaba menos su residencia, de tal manera que estaba deshabitada cuando la destruyó la centella en 1944.

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