El comercio en el Mazatlán anterior a 1981, en la mirada de comerciantes del mercado Pino Suárez

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  • Por Juan Lizárraga Tisnado, publicado en NOROESTE-Mazatlán el 6 de septiembre de 1981.

Las ciudades no son, como los hombres. No siguen ese esquema trágico de nacer, reproducirse y morir.

Mazatlán, por ejemplo, pudo haber nacido en 1531, pero hace cincuenta años era apenas un chiquillo que ahora ha sufrido cambios radicales en su voz y en su fisonomía, en su personalidad toda. Otras ciudades habrá que han nacido, se han desarrollado y han muerto; otras continúan, después de los siglos, como nacieron, y hay aquellas que nacieron superdesarrolladas. Mazatlán tiene su propia historia.

El Mazatlán niño lo conocen nuestros abuelos, pues se hizo adulto cuando el capital entró a él (sería después de la Revolución) y lo hizo crecer a través de la industria turística, pesquera, portuaria, pero sobre todo del comercio.

Como puerto que es, el comercio, que lleva en sus entrañas el proceso de cambio, la circulación de mercancías, hizo que el crecimiento de esta ciudad fuera aparejado al de su centro comercial. El mercado municipal ha semejado un panal sobre el cual, como avispas, se han ido agregando los comercios.

Y quién puede platicarnos esos acontecimientos, quién tiene más sanas facultades auditivas para conocer los ruidos que produce una ciudad cuando crece, si no son los comerciantes.

Es el año de 1950. El “¡arre, burro!” no era sustituido del todo por el estruendoso chirrido de llantas ni el rebuzno por los electrizantes claxons. Al sur, lo que hoy es la avenida Alemán, era bañada por el mar. “Playa Sur” era un paseo familiar; al norte, más allá de lo que ahora es la calle Zaragoza, sólo había pequeños ranchitos y hacia el oriente, los límites los ponía la Plazuela del Burro, hoy Ángel Flores. Como el sol, aunque no para meterse al mar, Mazatlán se recargaba hacia el poniente.

Alfonso Fájer, quien tiene su comercio en uno de los dos pasajes, el “Mora”, del interior del mercado municipal, es quien platica. Genaro Granados aseveraría luego lo mismo. Ambos, como Javier Valdez y Luis Romero, de los pocos que quedan desde que se construyeron dichos pasajes, están ahí desde el principio.

Alfonso Fájer y Genaro Granados platicaron que en 1952, Amado Guzmán, presidente entonces de Mazatlán, derribó los puestecillos de quienes en una banca o en el vil suelo vendían de las más variadas mercancías, para crear estos pasajes del mercado. Ellos eran de esos vendedores.

El mercado estaba rodeado de cantinas, pero allá estaba la “Casa Colorada”, el “Café América”, “La Sultana de Occidente”, “Salcido y Compañía”.

INFAMIA ANTICHINA

Frente al mercado, en el lado contrario de los pasajes comerciales, por la calle Aquiles Serdán, está la farmacia del Carmen, la cual fue fundada al nacer el siglo por Jesús Alcalá, fallecido. El negocio es atendido por Jorge Alcalá, nieto de un hermano del fundador.

Doctor fuera de ejercicio, Jorge Alcalá hace poco que atiende la farmacia, pero recuerda que en esa misma cuadra frontal al mercado estaba el Cine Max, el Club Muralla, una maderería.

Recuerda cuando los refugiados chinos, con ese espíritu laborioso, que siempre los ha caracterizado, se adueñaron del mercado. En una “bolsa” que aún existe por la calle, tenían un barrio chino. Muchas de las tiendas de abarrotes las tenían controladas. No eran nocivos, eran honrados y cumplidos en sus tratos. Unidos todos, compraban al mayoreo y obtenían más ganancias.

A todo le entraban los ojirrasgados: a las artesanías (traían artículos de su país), al comercio principalmente, al turismo…, quizá a la pesca no.

Entonces, el gobierno mexicano llevó a cabo una campaña nacionalista y expulsó, ante el gusto de los comerciantes mexicanos, a todos los extranjeros, entre ellos a los chinos, cuyo ejemplo de astucia y laboriosidad quedó, en cierta manera, entre los broncos sinaloenses.

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De 1950 a 1980, en 30 años, Mazatlán se convirtió de niño en adulto. Este desarrollo precoz ha sido la causa de todos sus males: el drenaje, la caótica planeación urbana, la impreparación de sus gobernantes, la incultura de sus pobladores. Aquí sólo se piensa en la fortuna propia y en el aseguramiento de los días presentes.

Ahí en el centro, en el alma de la ciudad, para dolor de los unos, se ven desgracias de los otros, pero en las ondas de los mares mazatlecos se refrescan los buques; por las calles, mareados de sol y de tráfico, se introducen los turistas; en los muelles pesqueros se procesa el rico camarón y el pescado que paladearán otros gustos.

Y Mazatlán crece, inefablemente crece.

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