Los insectos, ¿UN ALIMENTO MÁS para la humanidad?

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DE SEGUIR LA CRISIS, OTRO PLATILLO AL MENÚ

Por su alto valor proteínico, por su capacidad de reproducción y si no se encuentra una solución a la crisis económica que nos aqueja, los insectos serán pronto un platillo ineludible en la dieta del mexicano. Ya lo han dicho los apocalípticos.

Se menciona lo anterior por la “invasión” de “hormigas voladoras” que se registra cuando se presentan las primeras lluvias, que por cierto, son comestibles ya, en algunos lugares de la República Mexicana.

Salen de la nada y mueren rápidamente hasta deshacerse en las calles o en los estómagos de los reptiles, ya que es uno de sus más suculentos y apetitosos alimentos.

Este “salir de la nada” y la muerte súbita, motivan las siguientes líneas:

Científicamente está demostrado que no existe la generación espontánea, los seres vivos no surgen de golpe y en forma acabada. Sus gérmenes están ahí y la naturaleza brinda el elemento necesario para que se desarrollen.

Los gusanos, las moscas y los escarabajos surgen del estiércol y de la basura; algunos piojos en el sudor humano; ranas, serpientes y cocodrilos en el fango. No hay generación espontánea: la vida estaba ahí.

Así con estos insectos. No surgen de la nada. Los huevecillos fecundaron, sufrieron el cambio con algún elemento que les trajo la lluvia.

NACER, CRECER, REPRODUCIRSE Y MORIR

Los insectos viven horas. Buscan la luz. Son engañados por el cristal del mar y atestan las arenas de las playas. Viven sólo horas, ¿por qué?

Para divagar sobre el tema, sumerjámonos en el grandioso espectáculo que nos ofrece la naturaleza. Miremos los dos grandes grupos de cosas o de objetos, uno el de los inanimados y el otro el de los que viven, el de los seres.

Vive la planta, vive el pájaro, lo sabemos. La naturaleza nos brinda los elementos para afirmarlo: se mueven, son sensibles, se alimentan, crecen, se reproducen.

Las nubes también cambian de sitio, una rocas se desprende de una montaña y rueda al abismo, pero la fuerza no reside en ellas, sino en el viento y en la fuerza de la gravedad terrestre.

He ahí la diferencia: el movimiento del ser vivo está determinado por fuerzas intrínsecas. El pájaro vuela, la flor se abre, el caballo corre, con una fuerza que nace en ellos mismos.
Y los seres vivos tienen sensibilidad. El pájaro huye del ruido, la planta orientan sus ramas hacia la luz solar.

Y también los seres vivos se nutren, crecen, se reproducen.

¡Se reproducen! Una necesidad que tiene primacía sobre la conservación que más bien es premisa para prolongar la vida.

Por donde se filosofe sobre el panorama de la vida, encontraremos esta fórmula mágica, común y verdadera para todas las especies animales o vegetales: nacer, crecer, reproducirse y morir.

Cada especie tiene su propia duración de vida, su forma y sus costumbres. La de las “avispas voladoras” es de horas.

Dichoso el ser humano que tiene un largo periodo de vida y que cada día la prolonga más con el extraordinario progreso científico.

Claro, lo comparamos con los insectos.

Ojalá no sea este mismo progreso científico el que un día nos deje tirados en el pavimento sin vida, en unas cuantas horas, como les sucede a los “personajes” de esta historia, que un día nos servirán de alimento.

Escrito por Juan Lizárraga Tisnado y publicado en NOROESTE-Mazatlán el 10 de julio de 1983.

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