ÁNGELA PERALTA: Su gran GENIO ARTÍSTICO supo superar las adversidades

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  • Ángela Peralta Castera nació en la Ciudad de México el 6 de julio de 1845; murió en Mazatlán, Sinaloa, el 30 de agosto de 1883.

En noviembre de 1865 (con veinte años de edad), Ángela Peralta regresaba de Italia cargada de lauros. La exigente prensa itálica la había bautizado ya como “El Ruiseñor Mexicano” y el 20 de agosto de 1883, procedente de Guaymas, donde la multitud —como solía ser en todos los sitios donde se presentaba— desenganchaba los caballos del carruaje para arrastrarlo, en su delirio electrizante en medio de ruidosas exclamaciones.

Diez días después moriría en esta ciudad víctima de la fiebre amarilla que azotaba a gran parte del país. Sus restos descansan ahora en la Rotonda de los Hombres Ilustres, al lado de los grandes artistas mexicanos.

Pero no todo fue gloria para la diva. Su genio artístico fue seriamente opacado por sus actitudes que rechazaba la sociedad estrictamente moralista de la época al grado de que su auditorio, en ocasiones apenas llegaba a una veintena de personas.

La naturaleza fue también implacable con ella, y sólo con su voz excepcional es que logró permanecer grabada en los corazones de los hombres.

Su genio fue descubierto desde que era niña y antes de los veinte años recibió los primeros aplausos europeos. Al volver a México fue homenajeada singularmente y obtuvo una serie ininterrumpida de triunfos. Regresó a Europa y en 1873 retornó a nuestro país como una artista íntegra.

Hugo del Grial relata que las desgracias acompañaron también a Ángela Peralta: cuando tenía 36 años —después de la muerte de su primo hermano y esposo, Eugenio Castera—, en Guadalajara, en plena función, después de arrojar una bocanada de sangre, cayó muerto Giraud, el último tenor que le quedaba a la compañía de la que ella era la prima donna.

Para esas fechas era descrita como fea, gruesa y a tal grado miope, que vacilaba cuando se movía en la escena, donde le era forzoso andar sin espejuelos. Había ido perdiendo la vista por el esfuerzo que ponía al cantar y por la conformación de los ojos, que eran saltones, propensos a una gran miopía desde niña.

Al morir su esposo y primo, Ángela Peralta nombró como su nuevo representante al licenciado Julián Montiel y Duarte, poeta también, con quien pasó de las relaciones de negocios a las amorosas, para escándalo del intransigente moralismo de la época.

El 23 de agosto debía presentarse en Mazatlán, en el Teatro Rubio, donde fue atacada por la fiebre amarilla. El 28 del mismo mes fue desahuciada y murió el 30 a las 10 de la mañana, a la edad de 38 años.

En artículo de muerte se casó con su apoderado y amante, licenciado Montiel y Duarte y recibió una sencilla sepultura en Mazatlán.

En 1907, la cantante cubana Rosalía Chalía, de visita en Mazatlán, terminó con el abandono en que se encontraba la tumba y levantó sobre ella un hermoso monumento. En 1933 se exhumaron sus restos para trasladarlos a la Rotonda de los Hombres Ilustres.

Aquí en Mazatlán, como testigo de esa época, quedó el Teatro Rubio, al cual se le puso el nombre de la diva, más abandonado que su primera tumba.

Por Juan Lizárraga T. NOROESTE-Mazatlán, 16 de noviembre de 1981.

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