Cruz Lizárraga generalizó el gusto por la banda en México

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  • Antes no las querían en ningún evento social, ahora la buscan
  • La banda no busca solo entretener, sino hacer bailar a las parejas

Antes a las bandas no las querían en ningún evento social y ahora, las mejores fiestas en Durango, las mejores fiestas en Jalisco, las mejores fiestas en Monterrey, las mejores fiestas en Michoacán, las mejores fiestas en Nayarit, las mejores fiestas en todo México, se hacen con la banda”.

Cruz Lizárraga es quien afirma lo anterior y no tiene empacho en decir que todo ello se debe a él, aun cuando no se le haya reconocido por las autoridades oficiales, pero sí por el pueblo.

Sencillo, el hombre de El Recodo, quien de pasada inmortalizó e hizo famoso el nombre de su lugar de origen, nos platica en su hogar, en una sala donde se pueden observar un comedor de Concordia, sobre la pared una vitrina con multitud de trofeos y en una esquina de la casa una cantina: “Yo no tomo, pero quiero que mis amigos sean bien atendidos, por eso ves tanta botella ahí”.

En su niñez y en su adolescencia, Cruz Lizárraga nunca pensó que alcanzaría el renombre que actualmente tiene. Le gustaba la música, sí, pero arriando vacas y cortando el pelo no podía llegar a ningún lado, menos con la oposición de su padre, quien no quería que fuera músico porque era un oficio poco decente. “Músico”, como que no suena igual a “ingeniero”, “arquitecto” o “licenciado”.

Matrimoniado a los 23 años de edad, compró un clarinete, a escondidas de su padre, en la “Mercería Alemana”, situada por la calle Ángel Flores, contraesquina de la Plazuela de Los Leones.

Así nació la banda mazatleca. Sin leer papel pautado, “de oídas”, Cruz aprendió a tocar y formó su banda. Más introdujo innovaciones. Aunque la tambora era popular, tenía aún aires europeizantes, era música pausada.

Cruz Lizárraga puso e impuso un nuevo estilo, un estilo diferente a las bandas de Culiacán y de Los Mochis.

De principio, los clarinetes, suaves y azucarados, empezaron a tocar una octava más arriba y se le dio más agudeza. Luego, los platillos que tenían un papel de relleno, se convirtieron en explosivos. La tambora retumbó y la tarola se hizo más redoblante.

Todos los instrumentos se aceleraron. Vibraba la trompeta y el bajo de pecho, que sonaba con mucho respeto, se volvió más ágil.

Algunos músicos le reprochaban tales cambios a Cruz Lizárraga y le apodaban “El Bronco del Recodo”.

El hombre le daba forma a la banda. Sustituyó el tambo de banda de guerra con que empezó, por una tarola de mayor tamaño que la que usaban las otras bandas, pues parecían tortillas de rancho.

MÁS DE 50 DISCOS GRABADOS

Era el músico travieso del folklore sinaloense. Cuando iba a grabar su primer disco, todos sus colegas se opusieron porque iba a “chotear” la música, además, la gente se iba a conformar con los discos y se les iba a terminar el trabajo.

Rebelde a tales apreciaciones, Cruz Lizárraga hizo sus grabaciones con las canciones más conocidas de la tradición musical sinaloense: “El sauce y la palma”, “El niño perdido”, “Los sufrimientos”, etcétera.

La música de tambora mazatleca se diferenció así de las múltiples tamboras del centro y norte del Estado y es la música más difundida en la República Mexicana y en los Estados Unidos.

Cruz Lizárraga ha grabado más de 50 discos de larga duración, tan solo en RCA Víctor, sin contar los de la marca Tambora.

Ha hecho múltiples giras por la República y presentaciones en la televisión.

NO HA CONTAMINADO EL FOLKLORE

Hoy, Cruz Lizárraga ha integrado al repertorio de su banda una serie de melodías que pueden llamarse modernas, para lo cual le ha integrado otros aparatos como maracas, taroletas, bongós, güiros, por lo cual se le ha criticado, ya que, dicen, ha contaminado el folklore sinaloense.

Al respecto cabe decir que no ha habido tal contaminación. Al contrario: la tambora ha asimilado nuevos ritmos. Tóquese música sinaloense con un conjunto moderno a ritmo de disco y sí habrá contaminación, pero mambo, una balada moderna, un rocanrol, un charlestón escuchado con la banda se convierte en parte de la música sinaloense.

En todo caso puede decirse que la tambora ha “contaminado” a otros ritmos.

Así, Cruz Lizárraga puede interpretar, al estilo sinaloense, un paso doble, un chachachá, una polka, un vals, una cumbia, una rumba, un danzón y hasta música clásica por descuido.

La de la tambora es algo más que música alegre y Cruz Lizárraga ha aportado ese “algo más” para que se conserve viva la música bravía de Sinaloa.

A su sombra se hizo famoso Luis Pérez Meza y los más destacados intérpretes de México han cantado con su banda.

REPERTORIO ESTUDIADO

Cruz Lizárraga estudia a su público. Como cualquier orquesta, la banda no pretende sólo entretener, sino hacer bailar a las parejas, para eso es que estudia la música de acuerdo a como reaccione la gente.

En algunos lugares, lo primero que provoca es risa, más luego le agarran sabor.

La variedad es la causa de su existencia, pues las orquestas desaparecieron, y las había en su tiempo. En Mazatlán se podría mencionar a la Orquesta Beltrán, la Orquesta Pánfilo de los Palos, Muralla, Gallardo. Estas orquestas desaparecieron o se convirtieron en bandas. Y no eran malas orquestas, pues las de México “se estrellaban” contra las locales.

Sin embargo, la banda ha entrado a las reuniones sociales, es aceptada y las mejores fiestas son las que se hacen con las bandas. Sólo que no todas las bandas han alcanzado el éxito de la del Recodo.

Escrito por Juan Lizárraga Tisnado y publicado en NOROESTE-Mazatlán el 3 de febrero de 1984.

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