Un solo paso evitó a Gabriel Leyva Solano seguir viviendo, aunque sea un poco más

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  • En la conmemoración del 110 aniversario luctuoso

“No daré un paso más, mátenme de una vez aquí; muero gustoso por la justicia; mis hijos sabrán que su padre murió por hacerlos libres… ¡beduinos!… ¡chacales!… ¡tiren al pecho!… ¡no me peguen en la cara!… ¡la Revolución vengará mi muerte, asesinos!”.

La petición se cumplió.

Era el 13 de junio de 1910. El cadáver del sacrificado maestro Gabriel Leyva Solano iba ahora en una carreta, con una piedra como almohada y alumbrado por una linterna de petróleo.

Lo llevaban prisionero, atado codo con codo, a cumplir una diligencia legal. Iba custodiado por el capitán Ignacio Herrera y Cairo, quien le negó permiso para ver a su familia cuando pasaron frente a su casa en Sinaloa. En Cabrera de Inzunza pidió le permitieran bajar del caballo y fue entonces cuando lo asesinaron.

Este ejemplar maestro rural, el primer revolucionario antiporfirista en el estado, nació el 11 de octubre de 1871 en el municipio de Sinaloa, el cual hoy le pertenece con su apellido: Sinaloa de Leyva. Allí estudió la primaria y en el Colegio Civil Rosales de Culiacán inició su carrera como abogado.

Fue luego un sufrido profesor rural de Los Mochis, en la escuela “Arriba”, donde sembró el saber entre la gente sencilla.

Contrajo nupcias con Anastasia Velázquez, con quien tuvo ocho hijos, cuatro de los cuales fallecieron en su desarrollo.

Amado González Dávila narra en su “Diccionario Histórico, Biográfico y Estadístico de Sinaloa” una anécdota ocurrida en esta escuelita:

“Una ocasión, corriendo el año de 1909, los rurales al mando del capitán Ramírez, enviado directo del gobernador D. Diego Redo, irrumpieron en Sinaloa y se llegaron a la escuelita. Allí registraron los toscos pupitres y el escritorio y casa habitación. Éste no hizo ningún intento de detener a los invasores. Cuando se fueron, se dejó caer pesadamente en su silla, apoyó los codos en el escritorio, se cogió la cabeza y dio un puñetazo en la mesa, quedándose en silencio. Los azorados alumnos se pusieron a recoger los papeles y cuadernos que habían tirado al suelo los Rurales al registrar todo y mientras el niño Antonio Carrasco se acercó a su profesor y le preguntó: “¿Qué le pasó, maestro, en qué piensa?”. El viejo, de grandes bigotes y mirada suave levantó la mirada y le contestó: “Oye, muchacho, piensa en el día que México sea libre y el ciudadano tenga una mejor vida. Yo no llegaré a esa fecha, tu sí”.

Como maestro, Leyva Solano abría su sensibilidad hacia el dolor ajeno y con la lectura de los periódicos “El Pueblo Mexicano” y “El Correo de la Tarde”, sabría de las atrocidades del porfirismo. Aprovechaba las vacaciones escolares para visitar los pueblos y conocer a los campesinos. Supo así de los salarios de hambre para los trabajadores, de los despojos a los campesinos, de las violaciones a las jóvenes por los hijos de los poderosos, quienes las abandonaban tan pronto saciaban sus instintos sexuales, de la justicia vendida y corrupta, de periodistas venales.

Como litigante, combatió estas lacras sociales que han resurgido más agudamente en la actualidad y pregonaba la lucha contra ello en cualquier parte. Cuando Madero llega a Sinaloa, sella con él una amistad que sólo la enemistad que esto le acarreó con los afines a la dictadura porfirista, pudo terminar con la muerte.

Se le vigilaba. Andaba de puerta en puerta, de ranchería en ranchería, de pueblo en pueblo, escondiéndose, pero difundiendo las banderas del maderismo.

Un funcionario judicial, a quien Leyva le hizo ver su burocratismo, dictó un auto de formal prisión contra el protomártir revolucionario a quien se le negó la libertad provisional bajo caución, sin bases legales.

Salió libre bajo fianza de 50 pesos.

Continúa con su labor revolucionaria y por ello se le quiso aprehender cuando se encontraba con otros compañeros, pero en el intento muere un policía y el comandante. Se refugió en la casa de Guillermo Peña, más éste lo traiciona y guía a la policía al escondite de Leyva Solano. Aquí empezó su viacrucis.

Lo acusaron de que iba a asaltar la ciudad y murió en las circunstancias señaladas al principio, cerca de Sinaloa, que lo vio nacer.

Escrito por Juan Lizárraga Tisnado y publicado en NOROESTE-Mazatlán el 13 de junio de 1982.

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