NO HAY TREGUA: LA PRENSA, EN LA RAYA

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La discusión actual descompone la estabilidad de la vida pública. Polariza, y la consecuencia es que no hay posiciones templadas, sólo hay blanco y negro, buenos y malos. No más.

En medio de esta guerra sin cuartel, con sus altísimos costos, medidos diariamente en muertes y pérdidas económicas aún incalculadas, la pandemia parecía una oportunidad de oro para transitar hacia una tregua. Pero nadie emitió una declararación del armisticio.

La tragedia ocasionada por el COVID-19, al contrario, es usada como pretexto y arma letal para atacar y destruir a los contrarios.

La solidaridad y hermandad que distinguió al pueblo mexicano frente a anteriores desgracias quedaron sepultados, increíblemente, bajo el estiércol mediático (como cuando los hermanos se abofetean frente al ataúd de uno de sus padres sin dar permiso al perdón).

Los ‘buenos’ y los ‘malos’ estamos en franca confrontación. El juego sin reglas de honor que jugamos es perverso: estás con tal o cual personaje, o estás en contra.

Así, de los espacios de las redes sociales, la guerra mediática se trasladó ya al espacio público, el sitio propio de los ciudadanos, teñido ahora con la sangre de unos u otros.
México se dividió en dos. Aquí nadie cede, ni escucha. Aún en los círculos próximos de la vida social, cultural y hasta en las familias, el diálogo ha desaparecido. Personas cercanas parecen lejanas. Parecen otros.

LA PRENSA

Si bien el servir a las esferas públicas con la publicación de información y opinión se convirtió en el rol principal del periodismo, la prensa debe promover ahora el debate, libre del control oficial para cumplir una función trascendente, pues la libertad de prensa es un indicador fundamental de una democracia efectiva y parte esencial que no puede estar separada de ésta.

Pero la prensa está a raya.

Los contratos millonarios de publicidad o convenios en beneficios de un reducido número de empresas de comunicación o de algunos periodistas -divulgados profusamente- condenan a todo aquel que ejerza el periodismo, aún al más modesto redactor. No hay medias tintas: todos somos ‘corruptos’ y sólo se salvan quienes adoptan una posición afín o incondicional al poder.

En esta nueva normalidad, todo quien posea un teléfono es también un verdugo que opera 24 horas como una máquina difusora de juicios y sentencias disparatadas.

El periodismo está amenazado desde altas esferas de poder institucional o fáctico y perseguido miserablemente por ejércitos de miles de bots al servicio de una u otra causa.

La historia, sin embargo, enseña que aún de los peores episodios históricos la prensa ha sobrevivido y, casi siempre, resurge fortalecida.

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