SALVADOR ALVARADO, UN IDEAL REVOLUCIONARIO AL QUE LA PRISIÓN CALLÓ

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Cuando su causa triunfe, Salvador Alvarado recibirá su justicia histórica, el reconocimiento a su vida entregada a la lucha contra la satrapía metalizada que, presa de su infamia, aprisiona en el infortunio al trabajador.

Que los luchadores por la democracia social, tan conocida en las aulas universitarias, pongan como modelos de revolucionarios a Lenin, Trostky, Fidel Castro, Ché Guevara, es reprochable, pero es que hacia allá los ha arrinconado el enemigo con su desinformación y el ocultamiento de la historia revolucionaria de México; que el gobierno o el gran capital tengan en el olvido a hombres como Salvador Alvarado es comprensible y sería cinismo de parte de ellos que lo difundieran porque contra ellos combatió.

El 9 de junio de 1924 murió —asesinado habría de ser—, como murieron muchos revolucionarios, por la intriga y la traición que trajo consigo la lucha por el poder en México, cuando se apagó el fuego de las masas mexicanas.

Nació Salvador Alvarado en Culiacán, el 16 de septiembre de 1880. De poca edad, se trasladó a Sonora donde trabajó como farmacéutico y comerciante.

A los 20 años de edad entró a formar parte de las filas antirreeleccionistas y a combatir a las fuerzas de Porfirio Díaz.

Combatió posteriormente a Orozco y desconoció a Victoriano Huerta al usurpar el poder, para defender el constitucionalismo. Fue nombrado coronel en Sonora y en 1914 general al tomar el puerto de Guaymas. No quiso adherirse a los villistas y fue hecho prisionero en Guaymas, pero al salir en libertad se incorporó al carrancismo.

Los constitucionalistas triunfaron y Alvarado fue enviado a Yucatán a combatir a los rebeldes. Entra triunfante en Mérida el 19 de marzo de 1919.

En sus apuntes, el mismo general Alvarado explica que su primer medida en Yucatán fue liberar a más de 500 prisioneros de guerra, en su gran mayoría jornaleros del campo, obreros y gente humilde, ordenó que públicamente se les dieran provisiones, dinero y salvoconductos y pases de ferrocarril para que volvieran a sus hogares.

LA CASTA DIVINA YUCATECA EXISTE EN MÉXICO

“Encontré a Yucatán en plena servidumbre —dice Alvarado—. Miles de desgraciados por culpa de instituciones tradicionales y de vicios sociales tan fuertemente enraizados que parecían indestructibles, languidecían de generación en generación con la vida vendida a los amos, con el músculo relajado en engrandecer a la casta de los señores, con el alma y la conciencia sujetas al hierro invisible de una amarga esclavitud, en la cual habían aprendido de padres a hijos, que no podían tener otro sueño de alegría que el del alcohol ni otra esperanza que la muerte…
“Encontré en mi actuación revolucionaria en Yucatán que la riqueza de aquel pueblo bueno y fuerte, hecho para mejores destinos, no tenía fundamento ni otro origen que el trabajo del indio. Sobre su miseria y sobre su ignorancia que lo convertían en máquina de labor, se habían levantado fabulosos capitales y se habían labrado fortunas de príncipes”.

Eso era Yucatán y Alvarado hizo lo que luego Felipe Carrillo Puerto, pero ninguno de los dos concluyó su obra, que aún está pendiente buscando el fin o su continuación. Para el historiador sinaloense, licenciado Héctor R. Olea, esto hizo Salvador Alvarado en Yucatán:

“Libera al indio y al mestizo; dignifica a la mujer; funda escuelas en el campo; fomenta las asociaciones obreras; organiza sociedades cooperativas, funda bibliotecas populares y centros de enseñanza laica para desfanatizar a las masas; moralizó a la administración pública expulsando a los traficantes con la justicia, destruyó los trust extranjeros regenteados por el español Avelino Montes y Olegario Medina; salvó la producción henequenera de la explotación; buscó los mejores mercados para el comercio; implantó la jornada de ocho horas; estableció indemnizaciones por accidentes y pago de mejores salarios, etcétera”.

Todo esto hizo el revolucionario y más hubiera hecho de habérsele aceptado el permiso que solicitó debido a la inconformidad que sentía por la nominación como candidato a presidente de Ignacio Bonillas, ya que la insubordinación le valió una visita a la prisión y libre al destierro a los Estados Unidos, de donde regresó en 1920.

Como si empezara de nuevo, continúa la lucha infructuosa que lo avienta otra vez al exilio, Canadá primero y Estados Unidos después. Regresa y en 1923 se rebela contra el general Obregón a favor de Adolfo de la Huerta, quien lo designó jefe militar del suroeste.

El 9 de junio de 1924 fue asesinado en El Hormiguero, estado de Tabasco, por el teniente coronel Diego Zubiaur, cumpliendo órdenes de Federico Aparicio.

Un municipio del norte de Sinaloa lleva el nombre de Salvador Alvarado, el radical sincero, de ideas sociales y de espíritu rebelde a quien no se le ha hecho justicia, porque su causa no ha triunfado.

Texto: Juan Lizárraga Tisnado, publicado en NOROESTE-Mazatlán el 9 de junio de 1982.

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