En el canto de Luis Pérez Meza se manifestaba el sinaloense

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  • Era así: alegre, abierto, franco, siempre con la disposición a hacer favores.

Fue Luis Pérez Meza (ha sido, es) quien más ha difundido la canción y el estilo bravío de la música sinaloense a través de su voz, de un timbre y una entonación, especial que lo hicieron ser el único por su singularidad.

Llamábase él en realidad Ignacio, pero adoptó el de Luis, porque ese nombre tenía un pequeño al que él dio cobijo (un hermano muerto de manera prematura).

El 9 de junio de 1981 murió en Guasave, cuando en un centro de entretenimiento cumplía con el último contrato de su vida.

Tiempo hacía que la diabetes lo había debilitado, pero se le veía, se le oía cantar. Una bronconeumonía le complicó su enfermedad y el hombre de La Rastra, Cosalá, terminó con sus más de 55 años de cantar difundiendo la música sinaloense, cuando tenía 64 años de edad.

En su Cosalá, desde niño, Luis Pérez Meza fue haciendo su estilo. Los mineros habrían de escuchar su voz, a la que acompañaban los hermanos del trovador del campo, Antonio y Emilio, pues habían formado un trío.

Así, pueden verse en él tres etapas: una, en la que interpretó música romántica; otra, la más rica, en la que acompañándose de las tamboras, hizo que la música regional se escuchara en toda la República, y la última en la que empezaba a grabar canciones rancheras.

En Sinaloa y en México, los muchos seguidores del trovador del campo lo sienten vivir cuando escuchan canciones como El Barzón, Los Vergelitos, El Capiro, El Sauce y la Palma, La Culebra Pollera, El Pájaro Prieto, El Toro Palomo, Mi Gusto es, El Novillo Despuntado, Las Isabeles, El Muchacho Alegre, La India Bonita.

Los tiempos modernos no han podido, ni podrán nunca, acabar con las raíces profundas del folclor regional que en la voz franca y alegre de Luis Pérez Meza tuvo el medio que mayor difusión le ha brindado.

Y en sus canciones describía a su tierra, la saludaba, la reafirmaba:

“Viva mi tierra…: ¡Sinaloa, oiga!”.

(Escrito por Juan Lizárraga Tisnado y publicado en NOROESTE-Mazatlán el 10 de junio de 1984).

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