Fusilamiento del Coronel Luis G. Morelos

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El coronel Morelos, rendido ante Ramón F. Iturbe

Un 6 de junio de 1890 se instaló la primera piedra del Santuario de Culiacán, lugar donde se atrincheraron, durante el sitio a la ciudad por los maderistas, los últimos soldados porfiristas comandados por el coronel Luis G. Morelos, quien días después de su rendimiento, fue fusilado, también un 6 de junio, pero de 1911.

LA TOMA DE CULIACÁN 1911

El día primero de junio de 1911 el único que se sostenía en Culiacán sin rendirse, era el coronel Luis G. Morelos, en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, quien en lo más encarnizado del ataque, bajó de las alturas del templo con un grupo de soldados, desalojando a los maderistas de la casa comercial de don Manuel I. Loaiza, donde después se encontraban las oficinas de J.M. Hiser y Cía., regresando después a su reducto.

El coronel Morelos se sostuvo valientemente, luchando contra sus atacantes, hasta el día 2 de junio. Ese día, como a las diez de la mañana, se presentó ante el santuario una comisión de caracterizados vecinos de la ciudad enarbolando bandera blanca, accediendo él a entrevistarse personalmente. Se le mostró un telegrama en clave, en el cual se le comunicaba que la paz ya había sido concertada en Ciudad Juárez y que don Porfirio Díaz, después de renunciar a la presidencia de la República, se había embarcado a Veracruz rumbo a Europa, a bordo del “Ipiranga”, pidiéndole, en consecuencia, que no prosiguiera la lucha, ya que se le respetaría la vida y la de sus soldados.

Ya con esos antecedentes el coronel Morelos aceptó rendirse, y a un toque de clarín los defensores del santuario comenzaron a bajar, ordenando él que se formaran a lo largo de la calle Donato Guerra, a un costado del templo. Pocos momentos después el lugar fue invadido por los maderistas, seguidos de numerosos grupos de curiosos. Luego llegó montando un hermosos caballo el coronel Gregorio L. Cuevas, al cual el general Morelos quiso entregar su espada no siéndole aceptada por el jefe maderista. El activo fotógrafo Mauricio Yáñez tomó algunas fotografías de este histórico acto en una de las cuales aparece el coronel Morelos tocado con un sombrero jipi, de anchas alas con un algodón adherido en uno de sus pómulos, después de ser herido, por un rozón de bala, en la cara, figurando a su lado el coronel cuevas.

Inmediatamente se procedió a conducir al coronel Morelos y sus soldados a la Casa de Moneda, transitando por la calle Rosales, cuyas banquetas estaban atestadas de revolucionarios y de curiosos. En el trayecto los maderistas lanzaban vivas en honor del vencido, y en su euforia comenzaron a hacer numerosos disparos al aire, sembrando el pánico entre los vecinos que atropelladamente se dispersaron. El rostro del coronel Morelos no se alteró ante las descargas de las armas de fuego, pues siguió su camino saludando con su espada.

Al llegar a la Casa de Moneda fue recibido en una de las habitaciones del piso alto. junto con sus soldados rendidos, siendo estos últimos, la tarde del mismo día, puestos en libertad. El coronel Morelos permaneció preso en la Casa de Moneda dos días, siendo trasladado después a la cárcel municipal, donde la noche del 6 de junio, fue sacado por un grupo de soldados en compañía del mayor Agustín del Corral y llevados al panteón civil donde fueron fusilados.

Dicen los que presenciaron este acto que el coronel Morelos dio muestras de gran valor y entereza, pues, al ver que los soldados maderistas iban a disparar sobre él, les dijo que así no se mataba a los hombres, y que viendo que el mayor del Corral daba muestras de cobardía, le dijo:

“No se raje, mi mayor, pues al cabo que no se muere más que una vez”.

Testigos fidedignos abundan que él mismo procedió a formar el cuadro y dio las órdenes de su propia ejecución.

Los cadáveres del coronel Morelos y del mayor Agustín del Corral fueron sepultados en una fosa común del panteón civil. Veinte días después llegó de México la viuda del coronel Morelos, doña María Espino, con orden para que se le permitiera la exhumación del cuerpo de su esposo, acto que se llevó a cabo el día 27 de junio, estando presentes los doctores Ruperto L. Paliza y Bernardo J. Gastélum.

Los restos del valiente militar federal fueron puestos en una caja triple y llevados por su esposa a la ciudad de México, lugar donde fueron sepultados definitivamente.

Por Manuel Inzunza. (Revista PRESAGIO No. 53 Noviembre de 1981)

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