Genaro Estrada Félix, a 133 años de su nacimiento

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Quizá no fue el primero, pero Genaro Estrada, ilustradísimo mazatleco, fue quien más apasionadamente pugnó por el respeto de las naciones entre sí.

Su doctrina, desdeñada siempre por las potencias mundiales que hoy tienen al planeta dividido entre dos tierras todas garra y diente a punto de enfrentarse, no ha podido contra las ambiciones, injustas e ilegítimas de estas potencias y espera la concordia en los países para encontrar su aplicación plena.

Nació en Mazatlán el 2 de junio de 1887. En Culiacán estudió preparatoria, sin concluirla, en el Colegio Civil Rosales y ahí mismo inició su carrera literaria en El Monitor Sinaloense.
Se traslada a México, donde escribe para la prensa metropolitana y se hace cargo de la Secretaría de la Escuela Nacional Preparatoria, en la cual también fungió como maestro.

Inicia su carrera diplomática en marzo de 1924 cuando es nombrado oficial mayor de la Secretaría de Relaciones Exteriores, en 1927 se convierte en subsecretario de la dependencia y en ministro de la misma de 1930 a 1931. Su último cargo lo desempeñó como embajador extraordinario y ministro plenipotenciario de México en Portugal y Turquía.

Su experiencia diplomática fructificó en su doctrina en la cual, entre otras muchas cosas, asentaba que “El cambio de gobierno no creaba un problema de reconocimiento, sino que las relaciones diplomáticas no se interrumpían por este hecho ni un instante, al menos que un país, como acto deliberado suyo, decidiera romperlas, retirando a sus representantes diplomáticos”.

Además de diplomático fue historiador y fino poeta. Habría de ser el mexicano que más distinciones y condecoraciones recibiera de gobiernos extranjeros. Alfonso Reyes, también intelectual de alto vuelo, recién desaparecido, diría de Estrada:
“Espero la muerte trabajando, y sigue todavía trabajando para su México, para su América, en el recuerdo de sus amigos, que son tantos, en todas las partes, y en la perennidad de su obra: su obra de hombre bueno, de excelente escritor, y de ciudadano notable”.

Murió el 29 de septiembre de 1937 y deja en Sinaloa un espacio literario que no ha podido ser llenado y para México una amplia bibliografía de historia y poesía y el respeto hacia nuestro país de las naciones del mundo que luchan por su dignidad sin ofender la dignidad ajena.

Ofrecemos, de Genaro Estrada, este poema, rico en imágenes e inspirado por un sentimiento de nostalgia que canta el imaginario regreso al mar de su infancia, Mazatlán.

RETORNO AL MAR
Al agua verde he de volver un día
ungido en el ritual de los ciclones
agitando en la diestra las palmas de la costa
y cantando la clara canción del marinero.
Al agua verde con los pies desnudos
y el pecho ronco de gritar tormentas.

Llegaré al litoral de los adioses
con vientos decorados de manos que saludan
y amargura de mares y de lágrimas,
para entrar en el agua de los brazos
elevados al cielo, y en las olas
hundir la reverencia de mi cuerpo.

Necesito la brisa de las palmas
y volver a dormir bajo su sombra verde.
Palmeras: abanicos de apoteosis
para solemnizar triunfos navales.

Recordar a mi infancia toda hecha
de mar, de tumbo de olas,
de islas, de plaza azul, de agua de cocos.

Al agua verde he de volver un día
para admirar la fuga de las barcas
y la canción de la marinería;

para seguir la gaviota el vuelo,
sus aletazos, que recuerdan luego
el adiós angustiado del pañuelo;

para encallar mi bote en los peñascos
para ganar la playa entre brazadas,
rimadas al sonar de los chubascos;

a divisar el faro mensajero
de la seguridad del derrotero
y de la noche insomne del farero.

He de volver al mar como soldado
ungido en las acuáticas milicias,
a defender sus fabulosos fueros,
a ganarme la boina marinera
en el hondo pavor de los naufragios
o el pilotaje de los derroteros.

Marinero, dame tu blanca vela
para cambiar el aire con la gracia del ánfora,
vuelva mi mano, con tu largo remo,
al ejercicio de las duras aguas
o sumergida en las profundas rocas
a yodarse en la pesca de las algas
y la sal de tus vientos, que confirme
en mi boca la antigua del bautismo.

¡Fuga de velas y levar de anclas
para zarpar al alta mar bravío!
La brisa me reclama, vieja amiga,
a la danza del vals sobre las olas.

Al agua verde he de volver un día,
marinero del barco que no vuelve.

Texto de Juan Lizárraga Tisnado publicado en NOROESTE-Mazatlán el 2 de junio de 1982.

LEER MÁS: https://es.slideshare.net/juanlizarragatisnado1/genaro-estrada

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