El auténtico marinero, un ser marginado por la ley laboral

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Buena parte de las actividades humanas se institucionalizaron en México a partir de la promulgación de la Constitución de 1917 por Venustiano Carranza: es el caso de la marinería, porque como dijo don Ernesto Cervantes, un viejo lobo de mar, ¿quiénes, sino los marineros conocen a fondo las maniobras marítimas, las corrientes del mar, las entrañas de los puertos del mundo?


Y he aquí que se pronuncian discursos, se hacen celebraciones del Día de la Marina y los más reconocidos como dominadores de la actividad son los chicos de uniforme de la Armada o la Marina, a quienes poco o nada les ha costado subir a los barcos y conducirlos por todos los rumbos del orbe, a no ser el tener una posición económica sólida para cursar sus estudios en la escuela del ramo.

Muy bien, muy bien. A ellos se refería el artículo 32 de la Constitución, en el cual se decretaba que todos los buques mexicanos debían ser tripulados por oficiales mexicanos y no por extranjeros, como antes de 1917, pero debe reconocérsele su obra al marinero, al grumete, a esos hombres que a fuerza de trabajo, de recrear en sus mentes las imágenes del hondo mar, su color azul, de sortear las tormentas, en fin, a quienes dejaron lo mejor de su vida en el mar.

No sólo porque tienen los mismos o más conocimientos que los oficiales, los marineros debían ser los personajes centrales de la celebración, sino también porque hay injusticia, legalmente, hacia ellos, pues no encuentran en la ley amparo a su vejez.

Les queda a cambio la satisfacción de conocer muchos puertos en el mundo y de platicar las aventuras amorosas y cantineras de su marinera vida, como don Ernesto Cervantes, pero merecen algo más, merecen una generosa pensión económica para su futura vida fuera de las aguas.

Felicidades a los lobos de mar y a los estudiantes navales, aunque formen parte de la oceánica burocracia mexicana. A ellos, a los cadetes y oficiales, se refería el artículo 32 que permitió la consolidación de una Marina Mercante integrada por mexicanos.

Texto de Juan Lizárraga Tisnado, publicado en NOROESTE-Mazatlán el 1° de junio de 1981.

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