ECUADOR: DONDE SE MUEREN LOS PIOJOS/ GILDARDO IZAGUIRRE FIERRO

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“Sabrás Sancho”, le Dice don Quijote a su Escudero que al pasar la línea del Ecuador…“te he dicho es que a todos los que van en el navío se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno”. Eso es en el mar océano; pero en el Ecuador que está en tierra, ustedes han de saber que en cuanto se movilizan los indígenas, los piojos del gobierno huyen despavoridos, primero a Guayaquil y después al exilio. Lenin Moreno y su gabinete ya huyeron a Guayaquil, solo les falta un empujoncito de los 20 mil indígenas que han tomado Quito, la capital.
Lenin Moreno, sin ninguna necesidad, pidió un préstamo de cuatro mil millones de dólares al usurero FMI, y éste le puso condiciones, entre otros, eliminar los subsidios a los combustibles, por lo que en un abrir y cerrar de ojos le reventó la rebelión; la rapidez con que la chispa encendió la llama, me recordó aquella batalla ambiental llamada “la guerra del agua” en Bolivia.
En el año 2000, el Banco Mundial le hizo un préstamo al gobierno de Bolivia y le puso condiciones, una de ellas fue privatizar los servicios públicos, y empezaron con la Ciudad de Cochabamba, en donde una empresa trasnacional (Bechtel: la que hace bases militares) se apropió del servicio de agua potable, de inmediato subió la tarifa y empezaron las protestas de los Cochabambinos; el colmo fue cuando la empresa extranjera asumió también que era dueña del ciclo hidrológico, que las nubes eran de su propiedad, ya que para recoger el agua de lluvia se tenía que solicitar un permiso especial y hasta ahí les llegó el corrido; el pueblo entero de Cochabamba se rebeló y en unas cuantas semanas obligó al gobierno de Hugo Banzer a cancelar la concesión y expulsar a la empresa del solar boliviano. La historia enseña.
Ahora en Ecuador, el gasolinazo le está saliendo caro al gobierno de Lenin Moreno y en riesgo de ser derrocado por un potente movimiento popular: primero los transportistas, después los obreros y estudiantes, para finalmente dejarse venir la marea tumultuaria de los indígenas, que son el 25% (4.5 millones) de la población total ecuatoriana.
Ecuador desde el arranque del siglo 21, hasta el 2007 estuvo marcado por la inestabilidad con más de siete presidentes; hasta que en ese año, llegó al poder un líder político popular y carismático, Rafael Correa, que con su propuesta de Revolución Ciudadana, y basándose en tres aspectos: a) el hartazgo del pueblo con los político tradicionales; b) proyectos desarrollistas y c) comunicación constante y directa con el pueblo; logró una sorprendente estabilidad durante 10 años.
A Correa se le puede acusar de todo: populista, autoritario, socialista, etc., pero ni sus enemigos pueden negar que en esos 10 años Ecuador tuvo cambios significativos: el PIB se triplicó, se invirtieron millones de dólares en infraestructura (mis colegas Biólogos y educadores, que pasaban por Loja, la ciudad cultural de Ecuador, se sorprendían de las modernas instalaciones universitarias y también de los grandes murales donde Marx y Lenin convocan a la revolución proletaria); también se bajaron los índices de violencia y desempleo; y en general, hubo en mejoramiento en todos los aspectos, tanto económicos, sociales como culturales.
Correa, formó parte de la corriente de gobiernos progresistas de nuestra América, y por supuesto que también tuvo detractores y se enfrentó a diferentes sectores, incluyendo los pueblos originarios, al pretender meter mano en sus territorios; pero el balance final de sus 10 años de gobierno es positivo, eso sí, el error más grave fue haber heredado en el gobierno a su ex-correligionario, su Vice-Presidente, Lenin Moreno, quien a la vuelta de la esquina lo traicionó y la mandó al exilio.
Hoy, este señor traidor, tiene encima una poderosa rebelión, mayoritariamente indígena; pero también sostenida por obreros, estudiantes, profesionales y amas de casa. Quito, la capital está en llamas y 17 de 24 provincias están en rebelión; ya van 15 días de revuelta, con un ejército dispuesto a masacrar y un presidente que resultó ser un sátrapa represor. Es evidente que no puede seguir gobernando quien ordena asesinar a su propio pueblo.

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